martes, mayo 26, 2026
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Sheinbaum defiende megaproyectos caros

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Órale, la presidenta Claudia Sheinbaum salió a defender con uñas y dientes las refinerías Dos Bocas y Deer Park, el AIFA y otras obras del gobierno anterior. Las llama “aciertos” para la soberanía energética y la conectividad del país. Según ella, gracias a estas joyitas, México refina cerca del 80% de su petróleo y no sufre tanto con los precios internacionales altos. Suena bonito, ¿verdad? Como si estuviéramos a un paso de la independencia total del extranjero.

Pero aquí viene el pero, y es grande como la deuda de Pemex. Dos Bocas costó más de 20 mil millones de dólares, el doble de lo prometido, y sigue operando por debajo de su capacidad. Produce gasolina más cara que la importada, y para mantener los precios en la bomba, el gobierno sigue soltando subsidios que salen del bolsillo de todos. Deer Park, esa refinería texana que se compró con la ilusión de ganar lana fácil, ya ha dado pérdidas en años recientes. El AIFA, por su lado, acumula un costo total que supera los 400 mil millones de pesos entre construcción, operación y gastos extras, pero sigue moviendo menos pasajeros de los que soñaban.

Mientras tanto, en los hospitales y farmacias del sector salud, la gente sigue quejándose de desabasto de medicinas. El gobierno reconoce un 3% de faltantes y echa la culpa a proveedores incumplidos o problemas de distribución, pero para los pacientes con cáncer, diabetes o cualquier enfermedad crónica, ese porcentaje se siente como 100%. Las quejas no paran: recetas incompletas, tratamientos interrumpidos y la sensación de que la prioridad está en otras partes.

Sheinbaum tiene razón en una cosa: la soberanía suena bien en los discursos. Nadie quiere depender tanto del exterior. El detalle es que la soberanía también cuesta, y mucho. Esos subsidios constantes a las refinerías y aeropuertos terminan restando recursos para la salud, la educación o el combate real a la pobreza. Es como presumir un coche de lujo que consume más gasolina de la que puedes pagar y, al final, te quedas caminando mientras pagas las letras.

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La presidenta respeta el legado de su antecesor y eso es comprensible en política. Pero reconocer los aciertos sin mencionar los costos y los subsidios permanentes deja un sabor a discurso incompleto. Los mexicanos no pedimos perfección, nomás un poco más de realismo: obras bonitas sí, pero que no nos dejen la cartera flaca y los hospitales vacíos de medicinas.

Al final, la soberanía que más duele es la de las finanzas públicas. Porque cuando el erario está flaco, los que más sufren son los de abajo, los que no viajan en avión ni llenan el tanque con subsidio.