Órale, compas, aquí estamos otra vez con el gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, que pidió permiso para “defenderse” de las acusaciones gringas por sus supuestos amoríos con Los Chapitos. El detalle que tiene a todos chismeando es esa “protección federal” que le mandaron: no son los narcos los que lo quieren bolear, según la versión oficial, pero vaya que la escolta luce más como candado que como chaleco antibalas.
Porque, vamos a ser claros sin rodeos: si el señor decide que ya valió y se aparece en la frontera o en un consulado americano con la maleta llena de nombres, fechas y grabaciones, el hilo se rompe. Y ese hilo tan delgadito podría jalarse hasta la 4T completa, incluyendo al viejo AMLO y todo el movimiento. Imagínense el desmadre: un exgobernador morenista cantando como mariachi en Nueva York. Sería el chisme del siglo.
La Presidenta Sheinbaum dice que es puro protocolo, análisis de riesgo, lo mismo que a cualquiera. Harfuch también lo explicó con cara de que todo está under control. Mientras tanto, del otro lado del río ya tienen la acusación formal: reuniones con los hijos del Chapo, promesas de protección a cambio de votos y poder, y un chorro de fentanilo de por medio. Rocha niega todo, como es de esperarse, y se defiende desde la comodidad de su resguardo federal.
Aquí viene lo sabroso: ¿realmente lo están cuidando de un atentado o lo están vigilando para que no se entregue? Porque si se va con los gringos, no solo cae él. Se lleva entre las patas a secretarios, alcaldes, legisladores y quién sabe cuántos más del mismo equipo. Sería el dominó más caro de la historia reciente. Un “testigo protegido” con mayúsculas que podría hacer tambalear la narrativa de que “fue un ataque a la transformación”.
Satíricamente hablando, esta protección huele a seguro de vida político. No para que Rocha viva tranquilo, sino para que el sistema respire un rato más sin que se suelte la sopa completa. Los opositores ya gritan que es encubrimiento descarado; los oficialistas dicen que es soberanía y que Washington inventa. La neta es que el pueblo, como siempre, se queda con la duda: ¿a quién protegen realmente? ¿Al señor o al secreto?
Mientras el hilo no se rompa, seguimos en esta telenovela de narco-política donde nadie sabe si la escolta es salvavidas o mordaza. Pero si Rocha decide hablar, prepárense, porque el “hasta las mañanitas” va a sonar muy diferente.




















