Órale, ya estamos a nada del pitazo inicial del Mundial 2026 y el ambiente no es de fiesta, sino de bronca pura. Campesinos, transportistas y la CNTE andan con el dedo en el gatillo: amenazan con boicotear la inauguración si no les resuelven sus demandas. Y para rematar, hasta las madres de desaparecidos podrían sumarse para gritar su dolor bajo los reflectores del mundo. Bonito panorama para el “México lindo y querido” que quieren venderle a los turistas.
La presidenta Claudia Sheinbaum, lista como ella sola, ya anunció que no va a la inauguración. Le regaló su boleto a una chavita aficionada y prefiere ver el partido desde el Zócalo. ¿Coincidencia? No mames. Sabe perfectamente que la rechifla que le espera podría superar con creces la que le metieron a Miguel de la Madrid en el 86. Aquel pobre presidente salió abucheado por todo el Azteca mientras el país se caía a pedazos con la crisis económica. Historia que se repite, solo que ahora con más hashtags y drones.
Los del campo exigen precios justos, freno a importaciones y apoyos que no llegan. Los transportistas están hasta la madre de promesas incumplidas. Los maestros de la CNTE quieren que les cumplan lo pactado o paran el país entero. Y en medio de todo esto, el gobierno presume estadios listos y seguridad garantizada. Pues sí, ojalá. Pero cuando la gente está encabronada por la chamba, la seguridad y los desaparecidos, el balón no tapa los problemas.
Es comprensible que los sectores busquen visibilidad en el evento más visto del planeta. El Mundial es vitrina global y ellos lo saben. Pero también es riesgoso convertir la fiesta deportiva en campo de batalla política. Al final, el que paga los platos rotos es el ciudadano común que solo quiere ver buen fútbol sin bloqueos ni plantones.
Sheinbaum optó por la prudencia. Mejor no exponerse a un estadio rugiendo en contra que a las cámaras del mundo. Movida inteligente en lo político, pero deja un sabor amargo: ¿dónde queda la imagen de un gobierno fuerte y cercano a la gente? Mientras tanto, los amagos siguen y el reloj corre. Ojalá el diálogo funcione antes del 11 de junio, porque un Mundial con rechiflas y marchas no le conviene a nadie. Ni a Morena, ni a la oposición, ni al señor que solo quiere gritar “¡goool!” en paz.





























