Órale, compadre, aquí estamos otra vez con el eterno baile de la soberanía y los kilos de fentanilo. La nueva Estrategia Nacional de Control de Drogas 2026 de Estados Unidos le puso nombre y apellido a lo que viene: más arrestos, más decomisos y, sobre todo, más extradiciones. México ya no es socio de buena voluntad, sino el principal corredor que hay que apretar con resultados tangibles. Y la primera prueba de fuego llegó rapidito: las acusaciones del Departamento de Justicia gringo contra el gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, un senador morenista y otros funcionarios por presuntos abrazos al Cártel de Sinaloa, específicamente a Los Chapitos.
La presidenta Claudia Sheinbaum se encuentra en la clásica encrucijada del que quiere quedar bien con la banda y con la jefa del norte. Por un lado, defiende la soberanía a capa y espada, exige pruebas “irrefutables” y advierte que si no las hay, huele a juego político. Por el otro, sabe que Washington no está para cuentos: la ayuda y la cooperación van a estar condicionadas a que caigan cabezas, se cierren laboratorios y se manden cuates para el otro lado. Negarse a cooperar podría traer consecuencias que van desde sanciones hasta quien sabe qué otras “herramientas” que mencionan los gringos.
Es irónico ver cómo el discurso del “no nos van a decir cómo gobernarnos” choca de frente con la realidad de que el narco sí nos dice cómo gobernamos en varias regiones. Rocha niega todo y habla de ataque a la 4T, lo cual es comprensible desde su trinchera. Pero mientras tanto, la gente en Sinaloa y en todo el país sigue contando muertos y desaparecidos, y el fentanilo sigue llegando al vecino del norte como si fuera tamal de chipilín.
El Gobierno mexicano tiene que decidir si juega a la resistencia nacionalista pura o si entrega resultados concretos sin que parezca que se arrodilló. Porque al final, la soberanía de papel no vale mucho cuando los cárteles mandan más que los gobernadores en algunos territorios. Sheinbaum camina en la cuerda floja: si actúa con mano dura contra sus propios, la critican de traidora interna; si se hace la loca, los gringos aprietan las tuercas.
Estamos en el clásico “ni con ellos ni sin ellos”. Y mientras los políticos miden sus discursos, el pueblo sigue pagando la fiesta. A ver cómo sale este capítulo, porque el dominó ya empezó a tambalearse.




























