La otra agenda de López Obrador

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La obsesión de López Obrador por el poder, por su poder, no conoce límites. Dicha obsesión es enfermiza. Todo lo que no se ajusta a sus augustos deseos lo pretende destruir, y aquello que le resiste es calificado de inmediato como enemigo de su “histórica” transformación, y lo acusa, sin prueba alguna, de corrupción, trátese de jueces, de magistrados, de periodistas, de consejeros del Instituto Nacional Electoral (INE), de abogados, de empresarios o de científicos. “Quieren seguir robando”, dice machaconamente, sin aportar prueba alguna de su dicho. El colmo: acusó a todos los diputados de oposición, que no aprobaron su iniciativa para hacer de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), un monopolio en la energía eléctrica, de traidores a la Patria.

Me imagino que, cuando empezó a adquirir notoriedad en la política mexicana, si no es que antes, López Obrador se pensó instalado en Palacio Nacional, y se metió, a codazos, entre los que partían y repartían el pastel, es decir, en el entonces todopoderoso PRI. Allí disfrutó de las primeras mieles del poder, poder obtenido, la mayor parte de las veces, con trampas, con fraudes y con mucho dinero, el de las inagotables arcas gubernamentales, es decir, de los contribuyentes. Esto de usar el dinero ajeno para alimentar su ambición de poder lo debe haber sentido AMLO tan suyo, tan natural como respirar, más ahora que tiene todo el poder. ¿De dónde adquiere entonces López su manía de ostentarse como el paladín anticorrupción? No es necesario consultar a ningún psiquiatra. Un ejemplo de la vida cotidiana lo ejemplifica mejor que cualquier psicólogo: Supongamos que un ladrón le roba la cartera a un ciudadano y éste, al darse cuenta de que le han robado, voltea a ver a quien tiene más próximo, pero éste, al verse descubierto, grita: ¡Al ladrón! ¡Al ladrón! Señalando a lo lejos a un ladrón imaginario, mientras corre detrás de él sin intención de detenerlo. Todos los días, desde su púlpito mañanero, señala al ladrón con dedo flamígero, ladrón que nunca es detenido. Bueno, sí, ladrones imaginarios o reales que son incómodos o le sirven de coartada para  su “cuarta transformación”, ya duermen en la cárcel.

Casi todos los políticos que se dicen de izquierda ven con pasmosa naturalidad que el esfuerzo del ciudadano que ha arriesgado, ha trabajado y producido, sea el sostén, a través de los impuestos, de su lujosa vida. En Francia le llaman “la gauche caviar”, la izquierda caviar. Por eso López no se inmuta ante la enorme riqueza de la mayoría de sus allegados, pero sí se atreve a señalar al enemigo como corrupto y ladrón, cuando no le rinde plaitesía. Prometió viajar en un modesto Jetta y vivir en modesta casa. Pero desde hace mucho vive en un suntuoso palacio que dejaron en herencia los odiados españoles y se transporta en lujosas camionetas. Sabe que sus mentiras e incongruencias no le cuestan, porque tiene cautivas a sus mascotas, le da de comer, aunque sean migajas.

Yo conocí a Andrés Manuel López Obrador en el primer trienio de  su sexenio (2000 -2006), del 2000 al 2003, cuando él era Jefe de Gobierno del Distrito Federal (hoy Ciudad de México) y yo era diputado presidente de la Comisión de Hacienda de la Asamblea Legislativa del D. F. Me di cuenta de que, aparte de su agenda estrictamente politiquera, es decir, de un poder por el poder, un tanto vulgar, AMLO tenía una agenda oculta que le servía de “alibi”, de pretexto para mandar sobre las huestes de izquierda, más radicales, de  México.  Me refiero a lo que es más importante para la nueva izquierda mundial: la ideología destructora de la vida, de la familia, de la libertad religiosa y educativa y otras “superestructuras” del estado burgués (Karl Marx, Manuscritos Económico-filosóficos de 1844).

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No quiero decir, porque él mismo no lo sabe, que AMLO impulse esa ideología per se. Él es muy limitado, cultural, moral e intelectualmente; es esclavo de su obsesión por pasar a la historia.  Pensaba entonces, y ahora lo he comprobado, que a López Obrador lo maltratan sus propias ideas; abusan de él, sin apenas él darse cuenta.  Debido a eso, López se ha convertido, desde hace muchos años en rehén, en instrumento dócil de unas ideas un tanto indiferentes a él, con tal de que sus cómplices le apoyen en su ambición de poder. De hecho, en algunas de las entrevistas que obligadamente yo tuve con López Obrador, con motivo de la discusión sobre las finanzas de la Ciudad de México, me interesaba saber (cambiando el tema de las finanzas por otra conversación) su opinión sobre el mal llamado “matrimonio homosexual” o el aborto, ideas que ya en aquellos años empezaban a circular como parte de las propuestas de la izquierda en la Asamblea Legislativa de la Ciudad de México. Me encontré con un hombre ensoberbecido. Realmente nunca pude hablar con él. Me refiero a no poder entablar una conversación normal. Sólo respondía a mis preguntas con consignas, slogans, frases hechas que se han apoderado de él. (“el pueblo manda”, “lo más importante son los pobres”, etc.)  Me contestaba, invariablemente, que esa agenda no era su prioridad, pero que si sus diputados la aprobaban, él respetaría su decisión.

Quince años después, en el primer año de gobierno de López Obrador, de 2018 a 2019, algunos de los legisladores más radicales que lo acompañaron en su aventura electoral, presentaron iniciativas que buscaban despenalizar el aborto y promover el “matrimonio igualitario”  en todo el país. Sin embargo, a pregunta expresa de algunos reporteros, el Presidente contestó, nuevamente, que esa no era su prioridad. Esto  desinfló los ánimos de los que han promovido esas reformas. Aparentemente, y por el momento, la causa en contra de la vida y de la familia había fracasado. Los diputados y senadores de Morena y sus satélites han seguido insistiendo con innumerables iniciativas, en el mismo sentido, en los años siguientes y hasta la fecha, iniciativas que no han prosperado. Lo mismo pasó con la “Ley de Niños Trans”, que promovieron conjuntamente Morena con sus satélites en el Congreso de la Ciudad de México.

En otro escenario, sin embargo, las cosas le han sido más favorables al partido del presidente y a sus aliados: en los congresos de los estados, en donde el partido de López Obrador y sus satélites son mayoría, y en otros en los que no la tienen, han presentado iniciativas similares para despenalizar el aborto y aprobar el “matrimonio igualitario” en sus constituciones, con diferentes resultados. Empero, sotto voce, sigilosamente (porque la mayoría de los ciudadanos, incluyendo a muchos de los que habitan en esos estados aún no lo saben) algunos congresos han ido incorporado la agenda LGTB+ y del aborto. Estos son: además de la Ciudad de México, Oaxaca, Hidalgo, Veracruz, Baja California, Colima y Sinaloa y, recientemente, Guerrero.

¿Por qué López Obrador no ha dicho nada al respecto, si ha declarado que el aborto y otros temas contra la familia no están en su agenda? ¿Por qué en el Congreso de la Unión AMLO ha ordenado a su partido que a sus iniciativas no se les debe cambiar ni un punto, ni una coma, y en cambio en lo que respecta a los congresos locales les ha dado plena libertad? La respuesta puede estar en las impresentables alianzas que ha construido a través del tiempo y que son baluartes de su poder: Antiguos compañeros de partido, del ala izquierda del PRI, además de comunistas, socialistas y arribistas de todo tipo, que han aprovechado (quizá sugerido) el discurso que les conviene, de la lucha de clases, porque divide a la sociedad mexicana en buenos y malos. Estos compañeros de viaje le están cobrando a  AMLO la factura de su complicidad en su ascenso al poder.

Independientemente de su insidiosa presión en los congresos de los estados contra la vida y la familia, los agentes de Morena también tienen la intención de reformar el sistema educativo nacional para apoderarse de la conciencia de la niñez y de la juventud mexicanas, imponer la ideología de género en la escuela pública (hace unos días, teniendo apenas una idea vaga de lo que lo obligaron a hacer, asistió a un festejo con los lobbys LGTBTQ+) cancelar la libertad de los padres de familia para elegir la educación que deba darse a sus hijos (de cualquier modo ya muy limitada), eliminar las evaluaciones escolares, suprimir los grados, etc. Una vez más, López Obrador no es el autor sino el pelele de esta otra agenda. Alguien lo ha asesorado  para tratar de imitar a Plutarco Elías Calles en su famoso “grito de Guadalajara”, en el que urgía al presidente Lázaro Cárdenas (el autor, según AMLO,  de la tercera transformación histórica), en 1934, a “apoderarse de las conciencias de la niñez y de las conciencias de la juventud (sic), que son y deben pertenecer a la Revolución” (Archivo de la Universidad de Guadalajara). López Obrador ha dicho algo similar: Hay que conquistar las conciencias de la niñez, para cumplir con la cuarta transformación de México. Sí, adoctrinar a la niñez y a la juventud en la ideología de género, en el odio al que piensa diferente, en el pensamiento único, en una nueva lucha de clases y, por supuesto, en la mediocridad y en la ineptitud, para multiplicar a los pobres, que son las insignias del gobierno de López Obrador.


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