Horror y fracaso

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El secretario general de la Organización de las Naciones Unidas, António Guterres, no tuvo mejor calificativo para describir públicamente su sentir tras la muerte de 54 migrantes centroamericanos, como producto de un accidente carretero en el estado de Chiapas acontecido el fin de semana pasado; en su cuenta de Twitter se dijo “horrorizado” ante las evidentes condiciones lacerantes e inhumanas de este hecho, en el que, además, varias decenas de personas más resultaron heridas.

Horrorizados debiéramos estar todos de reconocer que el territorio de nuestro país no cede en dar lugar a este tipo de tragedias; porque lo más lamentable de dicho accidente —junto con la pérdida de vidas humanas— es que comprueba la carencia de capacidades nacionales, regionales y multilaterales no sólo para revertir los incentivos a la migración hacia los Estados Unidos de América; sino para promover condiciones de un flujo migratorio seguro, ordenado y regular, como según dicen promover los altos funcionarios de las distintas agencias del Sistema de las Naciones Unidas.

Si recordamos la magnitud del fenómeno migratorio, refrendamos la gravedad de la situación que priva en esta parte del continente americano. De acuerdo con las estadísticas provistas por la Organización Internacional para las Migraciones, los cruces hacia Estados Unidos representan la ruta de tránsito más letal del mundo en 2021, con un registro de 1,060 muertes. Sesenta por ciento de ellas ocurren en la frontera entre México y su vecino del norte, lo que se traduce en el mayor indicador de pérdida de vidas humanas en esta línea divisoria desde 2014.

El deterioro en las condiciones sociales e institucionales de Centroamérica pudieron haber agravado el desplazamiento migratorio, pero, lastimosamente, lo observado desde el inicio de la emergencia sanitaria está lejos de poderse considerar como un periodo excepcional. Es más bien la continuidad de un fenómeno que se agrava con el paso del tiempo, al considerar que en siete años se han contabilizado casi cinco mil ochocientas muertes por tránsitos hacia Norteamérica en búsqueda de una mejor calidad de vida.

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La falta de proactividad resulta alarmante, si en el previsible agudizamiento de las condiciones adversas que privan en América Central —entre las cuales se cuentan la creciente debilidad institucional, la falta de oportunidades laborales, los impactos derivados del cambio climático, así como la violencia provocada por el crimen organizado— los gobiernos y organizaciones multilaterales están haciendo muy poco o, en el mejor de los escenarios, emprenden acciones de manera fragmentada e incompleta para contrarrestar con toda oportunidad los riesgos asociados a todavía un mayor flujo migratorio que estará por presentarse.

A los mexicanos ya nos quedó claro que el intentar contener las caravanas de miles de migrantes en la frontera sur es una acción de gobierno a todas luces insuficiente. De igual forma, resulta lastimoso que el camión accidentado haya pasado por tres filtros de distintas autoridades sin que éstas hayan detectado a los migrantes, como un diario de circulación nacional dio a conocer. Además de eliminar cualquier margen de complicidad, se requiere una estrategia integral que parta de desmantelar las organizaciones criminales de tráfico de personas. Redes delincuenciales que no sólo exponen sin piedad la vida de quienes transitan hacia los países del norte, sino que merman la economía de familias en pobreza con el cobro que va hasta los once mil dólares por persona, como quedara al descubierto en fuentes abiertas tras el accidente en Chiapas.

Se requiere también del mayor apoyo del gobierno de Estados Unidos, primer beneficiario de que la migración se reduzca. En ello debe reconocerse la iniciativa del presidente Biden de movilizar mil doscientos millones de dólares en inversiones del sector privado a los países centroamericanos. Recursos que servirán para impulsar la seguridad alimentaria, el acceso a la salud, la capacitación laboral y la inclusión financiera.

Sin embargo, los retos no sólo son de gobierno, también de foros multilaterales como la ONU. Porque sus agencias son muy oportunas para la crítica, pero van a la zaga en la construcción de consensos regionales que sus oficinas debieran procurar. Por lo visto, en fuentes abiertas, el Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular ha servido a Naciones Unidas más como una iniciativa propagandista que como una plataforma para la continuidad de acuerdos que velen por la dignidad de las personas. En este sentido, el horror y el fracaso no sólo es de los gobiernos, también es de Naciones Unidas.


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