Conciencia de error

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El psiquiatra Aaron T. Beck inició el desarrollo de la Terapia cognitiva basada en un modelo de conocimiento que sostiene que las emociones y conductas de las personas son influidas por su percepción de la realidad.

De acuerdo con Beck, las personas tienden a cometer persistentes errores en su forma de pensar, es decir, en cómo procesar el conocimiento. A estos errores les llamó distorsiones cognitivas e identificó varias de ellas, dos son de especial interés para este artículo.

Cuando una persona tiene como distorsión la abstracción selectiva, verá sólo una parte de todo el problema, se centrará más en aspectos menos importantes y descartará lo que sí es importante. Por otro lado, si se trata de la maximización o minimización, la persona exaltará lo bueno de sus logros y dará menor valor a sus fallas, por lo que no las resolverá.

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Más allá de tratarse de problemas para percibir correctamente la realidad, dicen los psicólogos que siguen esta teoría que el verdadero problema radica en que la persona no se da cuenta de ello o no lo quiere ver, a esto le llaman “no tener el mínimo grado de conciencia de error”. Al no tener conciencia alguna del error, la persona nunca podrá cambiar.

El 4to Informe de Gobierno se titula: “Las cosas buenas casi no se cuentan, pero cuentan mucho”. En una especie de reproche a los medios de comunicación y a los ciudadanos, el gobierno pretende explicar los resultados de su gestión e incluso pareciera que desea que la ciudadanía comprenda mejor la tarea de gobernar.

Es difícil imaginar que el gobierno se sienta incomprendido, que considere injusta la pésima calificación que le da la ciudadanía cuando durante este sexenio hemos atravesado graves violaciones a derechos humanos, cuando los escándalos de corrupción nos sorprenden en las primeras planas internacionales, cuando la economía de las familias se encuentra cada vez más precaria, cuando los homicidios no cesan y las soluciones parecen estar sólo en los anuncios de esta temporada.

Tal vez el gobierno carece del mínimo grado de conciencia de error, tal vez no han analizado cómo minimizaron la desaparición de 43 jóvenes en Ayotzinapa, o cómo maximizaron reformas que requieren de una muy compleja implementación. Tal vez el gobierno de la República es quien sólo logra ver una parte de México, la que tiene cerca, la que le es cómoda, la que su percepción le permite ver.

Si el porcentaje de aprobación al Presidente se encuentra entre 23 y 30%, si 9 de cada 10 mexicanos sintieron coraje u odio por la reunión con Donald Trump, si en nuestro país el 1% de la población concentra el 43% de la riqueza, si 2 de cada 3 mexicanos se sienten preocupados por la inseguridad, ¿cómo pensar que somos nosotros quienes estamos en el carril equivocado de la realidad?

Un factor a considerar podría ser el entorno internacional, argumentando que la baja popularidad es un fenómeno global. El Latinobarómetro es elocuente: la aceptación de esta administración alcanza el 25% y coloca al país en los últimos lugares en aprobación presidencial, sólo por encima de Brasil, Venezuela y Perú.

Es imposible creer que al gobierno no le importa la popularidad como una variable para tomar decisiones, si realmente fuera cierto, la narrativa del Informe sería distinta. Sí les importa la popularidad, es natural en cualquier político. Es probable que prevalezca en el equipo de gobierno una gran frustración al sentir que no son debidamente valorados por los ciudadanos, pero ante esa frustración y semejante discurso, lo sensato sería evaluar con humildad los resultados de estos cuatro años y hacer los cambios necesarios rumbo al cierre de administración. Pero, como sostiene la teoría de Beck, para que se logren cambios se requiere tener el mínimo grado de conciencia de error.


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