Son iguales, son los mismos

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La foto es clara. El testigo protegido de la cuarta transformación, el que ha dicho que aceptó y repartió sobornos millonarios; el hombre que decide el fondo de la lucha contra la corrupción en este país, se encontraba, en vez de recluido en algún presidio, en un restaurante de lujo de la CDMX con, imaginamos, amigos entrañables que lo acompañaban en estos momentos plácidos de su vida.

La famosa fotografía fue puesta a circular por la periodista Lourdes Mendoza, compañera de este periódico. La indignación fue generalizada. ¿Cómo era posible que el símbolo de la corrupción peñista, que huyó del país y que ha puesto en jaque a muchos políticos con sus acusaciones, la pase bomba y se presente muy bien vestido a comer pato y degustar vinos? Es posible eso por el gobierno que tenemos. Ocupados en otras cosas, en distractores personales que obnubilan su cerebro. El Presidente pensando en su versión de la Conquista y en redactar estampillas de monografías sobre sus héroes históricos, y el fiscal general, en rencillas y venganzas personales.

Porque mientras Emilio Lozoya cenaba muy a gusto, decenas de científicos mexicanos están buscando abogados y acuden a procesos judiciales llevados por la Fiscalía General y por el ánimo revanchista y la mente enfebrecida de una psicótica que dirige el Conacyt y que es acompañada por el Presidente de la República; porque mientras Lozoya cenaba plácido con sus amistades, una anciana de 94 años está huyendo porque su excuñado, el fiscal Gertz, ha metido a la cárcel a su hija, y ha jurado venganza contra quien fuera compañera de vida de su hermano. El fiscal también cuenta con el apoyo del Presidente para sus delirios y maquinaciones.

Mientras Lozoya cena opíparamente da muchas lecciones que a la mejor no era su intención hacerlo. Una de ellas es que son iguales. El Presidente habla y habla y dice y grita que son distintos a los de antes, que no los comparen porque “eso sí calienta”. Lo que “calienta” es que Lozoya se sepa impune y que le importe un pepino que lo vean. Porque ésa es otra de las lecciones, la impunidad, el cinismo que la compone ha llegado a niveles inauditos. Que la persona que, desde las acusaciones del propio gobierno, es la cara de la corrupción del periodo anterior lleve una vida de lujo sin más límite que el que de no salir del país, significa que a nada le teme, que está seguro de lo que hace y que él no tiene problema alguno porque, en el fondo, trabaja para el gobierno de López Obrador. Lozoya se presentó en el establecimiento de lujo con la sensación del deber cumplido, de quien, como dice el Presidente, nada debe, nada teme, porque Lozoya se sabe poderoso, sabe que Gertz depende de él y no piensa distraerlo de sus pleitos familiares. Él mejor come pato, en lo que la lucha contra la corrupción duerme a su lado y eructa especias asiáticas.

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Un meme muy simpático ponía la foto de los comensales en el restaurante chino alegremente departiendo y superpuso una imagen de Ricardo Anaya comiendo un taco –en ese estilo tan único de comer tacos con toda la mano que tiene el panista– mientras contempla la opulenta mesa que ocupa el corruptazo. Y es cierto, es un buen meme, porque no solamente refleja la situación de Anaya, perseguido del gobierno por las declaraciones de Lozoya; esa imagen de Anaya también es cualquiera de nosotros viendo con un taco en la mano cómo se la pasan los encumbrados de hoy, los que dijeron que eran distintos pero son iguales y hasta los mismos de siempre.


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