Hace unos años, el integrismo islámico parecía un resabio de la Edad Media, y lo creíamos limitado a esa religión.
Hoy, Trump se rodea de consejeros evangélicos para quienes la guerra en el medio oriente traería el final de los tiempos – algo que consideran deseable, y su secretario de defensa recurre a símbolos y prácticas cristianas, e incluso ha pedido a Dios su ayuda en verter violencia abrumadora contra quienes no merecen misericordia.
En Israel, Netanyahu compara a Jesús de Nazaret con Gengis Khan e integra narrativa religiosa en su política exterior, como declarar que quienes bendigan a Israel serán bendecidos, y quienes lo maldigan serán maldecidos.
¿Será que cualquier intento de mezclar religión y política acaba en este escenario, independientemente de las intenciones iniciales?






























