Saldo de mediocridad y mezquindad

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En un parlamento, la conducción y manejo a través de una mayoría suele ser un arma de doble filo. Si bien el apoyo de los electores a un proyecto de gobierno puede generar suficientes curules que permitan sacarlo adelante, eso no debe hacerse a partir de la exclusión, sin diálogo y sin concertación política. Sólo en una mente primitiva cabe la actitud de imponer una única visión de las cosas, sobre todo si se reside en la ciudad que se autodenomina “Innovadora y de Derechos”.

Cuando esa mayoría sabe hacer política y goza de una conducción con oficio y buen nivel, suele sacar adelante una agenda común que genera desarrollo y gobernabilidad para el gobierno que representa, pero cuando adolece de esos elementos, genera bienes pírricos que únicamente obedecen a la agenda del gobierno, a la vanidad y egolatría del autoengaño, frente al espejo del supuesto deber cumplido.

Tal es el caso de la II Legislatura del Congreso capitalino. Tristemente, no sólo por ser la más improductiva desde su nacimiento con apenas 16 dictámenes aprobados en este primer periodo –como ya había publicado Georgina Olson en este diario–, comparados con 34 de su primer periodo en 2018, cuando no existía una sola comisión y con los 143 del mismo periodo en 2020, sino por ser, además, en términos cualitativos y democráticos, la más mediocre y miserable desde 1994, cuando nacieron las facultades legislativas locales (aunque acotadas en esa época).

De los 16 dictámenes, 8 tienen que ver con el régimen interior del Congreso (uno de ellos fue a partir de una propuesta de la PAOT a la Consejería Jurídica por no tener facultad de iniciativa y que presentó como “suya” a quien se le ha hecho costumbre plagiar el trabajo e ideas ajenos); destacan la creación del Parlamento de las personas que pertenezcan o se identifiquen con la comunidad lésbico gay bisexual transexual transgénero travesti intersexual y personas no binarias, aprobada por unanimidad; la del Parlamento de Pueblos y Barrios Originarios y Comunidades Indígenas Residentes, que promovió quien antes la presidió, y la inscripción con letras de oro en el muro de honor de la leyenda: “Al personal de salud en la lucha contra la covid-19” promovida por quien preside la comisión dictaminadora.

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Un dictamen más fueron las reformas a la Ley Orgánica del Consejo Económico, Social y Ambiental de la CDMX, promovidas por su secretario técnico, que es además legislador, y la que amplió los plazos para facilitar la ejecución de los presupuestos participativos de 2020 y 2021, que Sheinbaum y Morena habían saboteado con la excusa de la pandemia. También se aprobó un dictamen relativo a los plazos para que los funcionarios den respuestas a las preguntas parlamentarias que les formula el Congreso, aunque en este periodo el Congreso no fue capaz de enviarle una sola pregunta parlamentaria al gobierno (buenos para legislar sobre preguntas parlamentarias, malos para plantearlas), y 3 más fueron del paquete económico remitido por Claudia Sheinbaum (Código Fiscal, Ley de Ingresos y el Presupuesto electorero para 2022).

De tal forma que sólo dos iniciativas aprobadas tienen contenido social más allá del Congreso, el ejecutivo local o los intereses en ellos representados: la que promueve la accesibilidad de niños y adolescentes en situación de vulnerabilidad a actividades deportivas, y la que traslada los derechos laborales de quienes trabajan en el Órgano Regulador del Transporte, al apartado B del art 123 constitucional (en vez de seguir en el apartado A).

En junio pasado, un millón 830 mil 49 electores (45.1%) votaron por la alianza del PAN-PRI-PRD y un millón 774 mil 564 (43.78%) por la del PVEM-PT-Morena, es decir, más votos por un contrapeso a la regenta Sheinbaum, para pasar a una integración final donde Morena con 29 curules sólo es 44% del Congreso por 24.5% del PAN, 13% del PRI y 6% del PRD.

Aunque algunos dictámenes recogen iniciativas de varios legisladores, el manejo faccioso y mediocremente partidista de este primer periodo fue grotescamente insultante, con 11 iniciativas de legisladores de Morena aprobadas (o 12, si se cuenta la de una exlegisladora de este partido que ahora está en el Grupo Parlamentario del PT, pero que es de Morena) por 3 del PRI (mismo número de iniciativas aprobadas de Martha Ávila y Guadalupe Morales), 1 del PAN (en un dictamen conjunto), 1 del PRD y 0 de las Asociaciones Parlamentarias (Mujeres Demócratas, Ciudadana y Verde Juntos por la Ciudad, y de facto del Grupo Parlamentario del PT).

Como colofón, lo más relevante políticamente fueron el dictamen que prohíbe la tauromaquia que habrá de discutirse hasta el próximo periodo y el intento de plagio de la líderesa de la mayoría, del dictamen en materia de infraestructura soterrada que elaboró la Comisión de Uso y Aprovechamiento del Espacio Público, en una legislatura que se ha distinguido más por lo que ha obstruido, que por lo que ha generado. Triste y fiel reflejo del talante antidemocrático de una regenta que no dialoga con la oposición y no sabe concertar con ella, y de un secretario de Gobierno que ha perdido su convicción democrática plural que alguna vez tuvo, por allá de 1997.

Con menos votos en la urna y con menos curules, Morena es ahora más intolerante y profundamente incapaz de dialogar y concertar políticamente con quienes pensamos distinto; pero más importante aún, con quienes representamos la pluralidad de una ciudad diversa y heterogénea que exige combinar y conjuntar en su beneficio lo mejor de todos, eso sí sería innovador y de derechos.


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