Hablemos del viernes

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Por: Juan Ignacio Zavala

El viernes pasado fue, sin duda alguna, un día singular en la vida pública de nuestro país. Curiosamente no se trató de ninguna decisión de obra pública, de alta política o de una elección popular. Muy al contario, se trató de uno de los actos más bajos de política que hemos visto en las últimas décadas, en un Presidente que atacó arteramente a un periodista. Fue un vergonzoso espectáculo de la degradación del poder y de la investidura presidencial, convertida en una plataforma para la venganza personal. Se puede pasar a la historia de muchas maneras; la bajeza también es una de ellas.

-Pegarle al gordo es una expresión muy mexicana, ahora justificadamente en desuso, que indicaba que alguien se había llevado el gran premio en la lotería o en algún sorteo; significaba atinarle y ser el ganador. Carlos Loret le dio al gordo –quiero ser muy claro que no me refiero al señor José Ramón, sino a la figura que ya comenté, para que no se me acuse de gordofóbico o algo así– al exhibir el modo de vida de un hijo del Presidente. Es claro que a López Obrador le dolió en el alma o en el hígado el reportaje que revela la ostentosa vida que lleva uno de sus vástagos en Houston. El Presidente la tomó personal y ha convertido sus mañaneras en eventos de rabia y desfogue. Estaba preparado el Presidente para deslindarse de subalternos, compañeros de partido, funcionarios de primer o de cuarto nivel, ¿pero de su familia? Es un poco más difícil hacerlo y, siendo Presidente, no hay muchas maneras de quedar bien. Ha llamado la atención, en este caso, que el señor José Ramón no abra la boca. Mejor la señora Angélica Rivera se defendió –mal, pero lo hizo ella– que el haragán cuarentón colgado de las faldas de “la señora que al parecer tiene dinero” y del puesto del padre. Ya lo hemos dicho: no es delito ser inútil ni vago, y es de buena suerte encontrar quién te mantenga –sueño dorado del género masculino–, pero si por en medio te llevas dinero público y eres el hijo del Presidente, la cosa va a estar complicada. Por lo pronto, Loret le pegó al gordo y el Presidente carga ya el peso del señalamiento público sobre uno de sus hijos.

Una golondrina no hace verano y un space no hace oposición. La saludable respuesta pública de un sector de la sociedad el viernes es de aplaudirse. Más que el Presidente cruzara una línea –él nunca ha estado en “la línea”, nunca se ha movido en el filo, siempre ha estado del otro lado–, me parece que la cruzó un gran conjunto de ciudadanos que salieron para defender la libertad de expresión y rechazar la alevosa, abusiva y grotesca maniobra del Presidente para agredir a un periodista. Más allá del entusiasmo colectivo del momento, resulta relevante saber que la gente está dispuesta a compartir algo más que un tuit y un insulto, a dejar atrás algunas diferencias y a cerrar filas contra el abuso. Eso es lo notable. Ya hemos visto que “lo que sucede en Twitter se queda en Twitter”, así que mantenerse, continuar, no bajar la guardia, no dejar que el Presidente cambie el tema, quitarle una plataforma, revelar sus mentiras, señalarlas una y otra vez, debe hacerse sin descanso y en cualquier plataforma. Él se tardó 20 años en llegar, no colgará los guantes al primer revés.

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