martes, junio 30, 2026
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Cuando el poder le teme a la oposición

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La conferencia mañanera de la presidenta Claudia Sheinbaum del 29 de junio deparó una escena políticamente reveladora: la mandataria dedicó varios minutos a responder las 111 propuestas presentadas la semana anterior por el Partido Acción Nacional (PAN), a las que calificó de un intento por «regresar al modelo neoliberal» y a un pasado de «corrupción y privilegios». La pregunta que surge inevitablemente es por qué un gobierno con mayoría legislativa calificada y una popularidad que se mantiene elevada considera necesario dedicar tiempo de la plataforma de comunicación más visible del país a desacreditar las propuestas de un partido que, en las últimas elecciones, quedó reducido a la condición de minoría parlamentaria.

La paradoja no es menor. Sheinbaum afirmó que la doctrina de la derecha es la hipocresía, pero reconoció que «ahora no se vieron tan hipócritas porque ya dijeron claramente lo que quieren». Es decir: el gobierno celebra que el PAN haya presentado propuestas concretas, pero al mismo tiempo las descalifica en bloque. Ese doble movimiento revela una incomodidad difícil de disimular.

El episodio más revelador fue el debate en torno al concepto del humanismo. Sheinbaum sostuvo que los valores de familia, patria y libertad, nuevos pilares del lema panista, pertenecen al «humanismo mexicano», no a la derecha, y que «quien ha defendido la familia como institución fundamental es el humanismo mexicano». Lo que la presidenta omitió —o ignoró— es que el humanismo político no es una creación de Morena ni de la Cuarta Transformación: desde la Asamblea Constituyente del PAN, en septiembre de 1939, fue Efraín González Luna quien definió la doctrina del partido precisamente como «Humanismo Político». El PAN formalmente posee estatutos de lo que sus miembros denominan «ideología humanista», cuyos principios de doctrina fueron aprobados en esa asamblea constituyente y renovados en 1965 y 2002.

Dicho en términos directos: Morena adoptó el término «humanismo mexicano» como sello ideológico durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, cuando el PAN ya llevaba más de ocho décadas reivindicando esa doctrina como propia. La apropiación del término por parte de un movimiento que se autocalifica de izquierda sin mayor explicación teórica constituye, en sí misma, un dato político incómodo que la mañanera no enfrenta, sino que elude.

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Sheinbaum también acusó al PAN de ser «la fuerza política más entreguista, históricamente», de pedir la intervención de Estados Unidos y de carecer de patriotismo genuino. La acusación tiene su propio peso histórico, pero recae en un lugar común del discurso oficialista que sustituye el debate de propuestas por la descalificación del adversario.

Frente a propuestas concretas del PAN como la venta de la refinería de Dos Bocas, la creación de una mega cárcel y el regreso de organismos autónomos desaparecidos, la presidenta respondió que «son dos proyectos de nación: regresar al pasado o continuar con la transformación». La fórmula es políticamente eficiente, pero analíticamente insuficiente: un gobierno que goza de mayoría aplastante no debería necesitar ese nivel de atención para contrarrestar a una oposición que apenas tiene representación parlamentaria.

Lo que la escena revela, en cambio, es que con las elecciones de 2027 en el horizonte, el oficialismo necesita a la oposición visible y activa, aunque solo sea para poder señalarla. Un adversario que propone, aunque sea para ser rebatido, es más útil políticamente que el silencio. El problema es que esa dinámica eleva artificialmente a un partido minoritario al rango de amenaza real, justo lo contrario de lo que el discurso oficial proclama.

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