lunes, abril 20, 2026
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El privilegio como hábitat: el caso Ebrard y la diplomacia familiar

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«No veo en ello ningún abuso de mi parte, salvo la procuración de un papá por un hijo; no usamos ningún recurso indebidamente». Estas fueron las palabras de Marcelo Ebrard durante la conferencia mañanera en el Palacio Nacional. A su lado, la presidenta Claudia Sheinbaum avalaba con su presencia, en silencio, lo declarado por el secretario de Economía.

El contexto es el escándalo propiciado por la columna de Claudio Ochoa Huerta en El Universal, en la cual reveló que el hijo de quien fuera canciller el sexenio pasado vivió en la Embajada de México en el Reino Unido. El texto de Ochoa Huerta es contundente: «De acuerdo con tres fuentes, nacionales y extranjeras, pude confirmar que Marcelo Patrick Ebrard Ramos, hijo de Marcelo Ebrard […] vivió ahí al menos entre octubre de 2021 y abril de 2022, mientras este último era el secretario de Relaciones Exteriores […]. Esto constituye, sin lugar a dudas, un acto de nepotismo y uso de recursos públicos a favor de un particular».

Posteriormente, el diario español El País confirmó la información: la polémica se gestó años atrás, cuando Ebrard Ramos residió durante meses en una amplia habitación de la residencia diplomática en Londres mientras su padre dirigía la política exterior de México.

Este escándalo obligó incluso a articulistas afines a Morena a mostrar rechazo por lo que Ebrard considera una simple «procuración» paterna. En la red social X, Vanessa Romero Rocha señaló que el secretario «es ciego ante el privilegio porque este se ha convertido en su hábitat natural». Según Romero, las comodidades del poder han terminado por volverse un hábito para el funcionario, quien hoy percibe como una extensión natural del cargo lo que en otro tiempo habría juzgado como un exceso.

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En redes sociales, la mayoría considera que lo hecho por Marcelo Ebrard y su hijo es un abuso; algunos exigen que se le investigue por peculado y otros piden su renuncia, aunque no faltan quienes justifican su actuar. Sin embargo, el núcleo del problema es la concesión de un privilegio a un familiar en un inmueble oficial, financiado con recursos públicos y con la complicidad de subordinados, para utilizar una embajada como si fuera un hotel de lujo.

Se trata de una muestra más de que el discurso de Morena contra los privilegios es, a menudo, solo retórica sin acciones congruentes que erradiquen el abuso desde el cargo público. Como escribió el exministro Arturo Zaldívar en febrero pasado: «Ahí está el núcleo de la simulación […] Son los sectores que perdieron privilegios y que ahora se presentan como guardianes de la libertad». Aunque Zaldívar se refería a la oposición, sus palabras cobran un matiz irónico al aplicarse a la actual administración.

Que la presidenta Sheinbaum no haya ordenado una investigación ni separado del cargo al funcionario, mientras se sanciona a ciudadanos por faltas menores o se defiende a figuras extranjeras acusadas de corrupción, sugiere que estamos ante un Gobierno que muestra complicidad con sus correligionarios. Bajo esta óptica, la justicia parece haberse convertido en un simple asunto de opinión.

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