6 de junio: ¿Se pudo o no se pudo?

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¿Se pudo o no se pudo derrotar a MORENA en la elección del 6 de junio? La respuesta es sí, si se pudo y si se puede.

La caída de los poderes en todo el mundo y a lo largo de la historia inicia cuando se cuartean sus bases, cuando ceden sus estructuras, cuando se debilitan sus mitos. Los poderes no se derrumban de la noche a la mañana pero en la coyuntura van mostrando signos inequívocos de debilitamiento, de fatiga y de colapso, aun cuando aparenten estar en la cúspide de la omnipotencia.

Los Aliados no ganaron la Guerra el día que ocuparon Berlín, ni cuando desembarcaron en Normandía, ni cuando lograron la supremacía en el mar y el aire. Los Aliados ganaron cuando decidieron unirse contra el enemigo común, cuando entendieron que cada país sería avasallado por la opresión totalitaria si se quedaba solo, cuando fueron capaces de abrirle varios frentes al enemigo, pero, sobre todo, ganaron cuando se convencieron de que valía la pena pelear juntos por la libertad para no terminar todos bajo la sombra de la dictadura.

En ese sentido, las potencias del Eje ya estaban derrotadas cuando avanzaban por las estepas rusas, o cuando conquistaban enclaves en el Sahara u ocupaban las islas y costas del Pacífico y el sureste de Asia. Los ejércitos alemán, italiano y japonés conquistaron territorios, quemaron campos, mataron civiles, pero aun así, estaban condenados ante un conjunto de Aliados disímbolos pero resueltos a resistir y derrotar la aberración totalitaria del nazi-fascismo.

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Para no ir más lejos, la dictadura perfecta del PRI no fue vencida hasta el año 2000: el modelo autoritario establecido en 1929 y 1934 empezó a cuartearse en 1958, 1968 y 1971; se descarriló en 1976 y 1982; perdió elecciones simbólicas en 1983 y fue golpeado en las urnas en 1988 y 1997; no atinó a reinventarse porque quiso jugar a la apertura económica sin apertura política y, en el año 2000, la alternancia tan sólo fue el desenlace de un proceso de cambio social donde se reflejó nítidamente que la mayoría de los mexicanos querían vivir en democracia, con expectativas económicas y de manera ordenada, tranquila y pacífica.

En 2018 se alzó con el triunfo la expectativa de un nuevo poder en México. Un poder que no se manifestó como revolucionario pero que sí señaló, más allá de cualquier duda, que se empeñaría en transformar las estructuras políticas de la corrupción y el derroche, las estructuras económicas de la pobreza y la desigualdad, que regresaría al presidente y al gobierno a ocupar papeles centrales y rectores de la vida nacional, que libraría al país de la violencia y los balazos, que recuperaría los activos privatizados por el neoliberalismo y que castigaría sin miramientos los abusos del PRIAN para devolverle al pueblo lo robado.

Las expectativas que generó López Obrador fueron históricas, enormes y en varios rubros, muy correctas; lleva más de dos años rehaciendo y deshaciendo instituciones y proyectos que no caben en la visión de lo que llama la 4T entendida como un proyecto alternativo de nación. Su partido, que lleva el nombre de la Regeneración Nacional, se convirtió en el instrumento político que debería, como todo partido, articular las exigencias sociales y competir contra los actores sobrevivientes del antiguo régimen para consolidar la fuerza del movimiento, su legitimidad y su poder transformador.

Sin embargo, en la elección del 6 de junio el proyecto de MORENA no se consolidó. Las dictaduras más recientes del mundo han encontrado en las urnas una vía favorable para robustecer su dominio y concentrar el poder destruyendo a las oposiciones, las libertades y la democracia. Los populismos del presente tampoco dudan en ir más allá de la demagogia y echan mano de las reservas económicas que encuentran para comprar votos a billetazos, con subsidios o también para sumar activos con miras a que el sector público gane terreno sobre la iniciativa privada y limitar así la libertad económica.

El proyecto del nuevo gobierno de México se presentó a las urnas con casi todo a su favor: un presidente cuya popularidad no sólo es alta sino que parece inmune a los errores, las crisis y los escándalos que él mismo genera; con un despliegue territorial de servidores de la Nación que superaron en número y recursos a cualquier otra estructura partidaria; con políticas sociales cuya prioridad es que el beneficiario entienda que el apoyo que recibe se lo debe el presidente y que a cambio del mismo exige su voto; e incluso con la coyuntura de la pandemia que limitó la capacidad de hacer campaña a sus adversarios y que mantiene en la penumbra la percepción social sobre la gravedad de las crisis económica, social y de seguridad por las que atraviesa el país.

Y por si lo anterior fuera poco, el gobierno en modo “peso completo” se puso contra una “oposición inexistente”, contra los “desprestigiados partidos del antiguo régimen”, contra las “ridículas camarillas” que se reciclaron a sí mismas, favorecieron sus intereses y lanzaron candidatos impresentables; además, enfrentó también a un montón de organizaciones cívicas y ciudadanas “conservadoras y clasistas” que con mucho entusiasmo y descontento se movilizaron, a veces sin ton ni son, pegándole por igual a la intentona dictatorial de MORENA y la arrogancia ancestral de los partidos de oposición.

Nadie duda que el presidente López Obrador y MORENA echaron mano de todos los recursos a su alcance para ganar las elecciones de la forma más amplia posible y con los claros objetivos de asegurarse la mayoría calificada en la Cámara de Diputados para poder cambiar a su gusto la Constitución, y de arrasar en las gubernaturas y ayuntamientos en los bastiones blanquiazules y tricolores para aniquilar de una vez por todas al PAN y al PRI para establecer su hegemonía y su dominación por muchos años: no pudieron.

El principal error en el que incurre la soberbia del poder es creerse más fuerte de lo que en realidad es, desdeñar la fuerza del espíritu humano y creer que sus fantasías producto de la megalomanía ideológica tienen viabilidad por encima de los principios y valores que cohesionan a la comunidad política.

López Obrador y muchos de los suyos en verdad creen que el resultado del 2018 les dio la potestad de destruir la democracia, de ahogar la libertad y de hacer justicia quitándole a los ricos para darle a los pobres. Se creen a pie y juntillas no sólo la mitología que han armado como discurso político, sino también que el pueblo está a su merced y que no tiene capacidad de organizarse y defenderse de los nuevos atropellos perpetrados por un poder que ni siquiera ha adquirido conciencia de sí mismo y de su misión, porque no tiene propósito y se conforma simplemente con ser, sin importar que sea producto del enojo, del hartazgo, del revanchismo, del divisionismo político o de la alianza tácita con el crimen organizado.

Y sí, el perfil amenazante del presidente orilló a que los viejos enemigos se convirtieran en aliados, pero incluso este es un dato menor. El dato sustantivo es que la intimidación sistemática hizo despertar a muchos ciudadanos quienes tras emitir su voto de castigo contra la corrupción, la incapacidad y la frivolidad en 2018, hoy volvieron al campo de batalla para votar en defensa del orden democrático, de los contrapesos institucionales, de las libertades básicas y de inconformarse con la perspectiva de un futuro de privaciones, de silencios y de amenazas dictatoriales.

Desde luego que muchos ciudadanos salieron a votar también contra la crisis económica materializada en su despido, el cierre de su negocio, la falta de apoyos y el hostigamiento bancario y fiscal; votaron contra la muerte y el sufrimiento de los suyos a manos de crimen organizado, de la pandemia o de la falta de atención, de medicinas o la negligencia creciente del gobierno; y muchos también votaron contra la recriminación, el acoso, la ridiculización y la estigmatización desatada por un mandatario y sus huestes intolerantes a su forma de ser.

Como en toda democracia, los ciudadanos usaron a los partidos como instrumentos para distribuir el poder y señalar donde ponen sus expectativas. Huelga decir que la mayoría de los votos opositores no fueron a favor de los programas de los partidos aliados o de sus candidatos: daba igual quien fuera con tal de que no apoye la dictadura de López Obrador. Por eso el presidente ahora amaga con cooptar a los que llegaron para arrebatar en la penumbra lo que no ganó en las urnas, en un nuevo intento de apuñalar al voto y escupirle a la libre voluntad ciudadana.

Desde luego que el presidente le teme a lo que él mismo ha provocado. Hay espacio político y ciudadano para retarlo de ahora en adelante. No sólo se han aliado algunas oposiciones sino se han generado nuevos vínculos entre las mismas y organizaciones ciudadanas que han encontrado un propósito común. Hay campo de batalla y retadores contra el monopolio del poder. Eso es un triunfo y un primer paso hacia la victoria.

Para empezar, la suma de votos de la oposición y de los ciudadanos es más grande que la del gobierno y sus aliados de ocasión: si hubiera forma de descontar los votos comprados o controlados mediante dádivas y apoyos para MORENA, el triunfo ciudadano sería contundente.

Pero además, quedó de manifiesto que el proyecto histórico de un México democrático, libre y con justicia, más allá de los errores y contradicciones del proceso histórico de nuestra transición, sigue vigente; y lo está porque es infinitamente superior a la noción de que el poder se construye a partir de controlar al pueblo y someterlo por la vía de la necesidad, de nulificar su voluntad y pensamiento imponiéndole la cartilla moral y de esclavizarlo y ponerlo de rodillas ante el criterio de un solo hombre en Palacio Nacional cuya megalomanía lo hace pensar que representa la identidad, pluralidad, diversidad y futuro de una Nación de la cual él mismo es apenas una expresión limitada, sesgada y bastante acomplejada.

Habrá que ver la forma en que ciudadanos y partidos seguirán presentándole batalla política y electoral a MORENA en 2022 y 2024. Para ello es fundamental que sean capaces de visualizar el propósito y la estrategia indispensables para triunfar; la victoria final tiene que apuntar a lograr que los valores de la democracia y la libertad hagan cultura en un pueblo que no acierta todavía a sacudirse de los mitos ancestrales de la dependencia, los complejos y la costumbre del “me das, te doy”. La meta debe ser lograr la elevación humana de todos.

Un cambio de la correlación de fuerzas en el país no puede reflejarse solo en la proporción de escaños, curules o gubernaturas que ocupan los partidos. El cambio sustantivo debe ser, indudablemente, el crecimiento de la ciudadanía que decide libremente frente a los segmentos sometidos históricamente a mecanismos corporativos y clientelares que esclavizan su voluntad y que hoy son obligados a votar por MORENA; debe ser el resurgimiento de una clase media emprendedora y autosuficiente que sea la prueba fehaciente de que el país está doblegando a la pobreza, la desigualdad y la injusticia; debe ser una mayoría claramente comprometida con la legalidad y el Estado de derecho, no sólo para defender las instituciones democráticas, sino para acorralar la tranza, la corrupción y el hábito recurrente de darle la vuelta a la ley.

Para eso, el siguiente paso que prepare cuanto antes el desembarco en el 2024 es que los líderes partidistas y ciudadanos tengan la humildad de trascender a sus desconfianzas mutuas y hagan su parte para construir el porvenir, que unos actúen con cordura y otros no caigan en la soberbia.

Es urgente también que las causas correctas dejen de ser monopolio del populismo demagógico, porque la lucha contra la corrupción, el abuso, la pobreza y la violencia, a las que deben sumarse también la defensa de las instituciones democráticas y liberales, la construcción de condiciones de bienestar y progreso, y la eficacia de un gobierno al servicio de todos, deben convertirse no sólo en la oferta electoral para la próxima elección presidencial, sino en el firme compromiso de hacerlas realidad en un régimen político democrático, justo y libre.

Lo que movió el voto en 2018 fue el castigo a una clase política corrompida e insensible que fue retirada del gobierno. Lo que movió el voto en 2021 fue detener la acumulación del poder en un solo hombre capaz de cancelar la democracia, constreñir las libertades y destruir la economía.

Resulta imposible saber cuantos de los millones de votos obtenidos por MORENA tienen su origen en los apoyos presupuestales, las dádivas populistas y la compra del voto: seguramente fueron varios millones; pero lo que sí quedó claro fue que una amplia mayoría del voto libre y no sujeto a mecanismos corporativos o de clientela se depositó en la urna a favor de una democracia donde cuente la opinión de todos, de un mercado que distribuya riqueza para todos y de un Estado que brinde orden y seguridad para todos.

A pesar del avance de la dictadura en los desiertos y costas del Pacífico y su intención de liquidar a la oposición, el proyecto de un México democrático, justo y libre, insistimos, sigue vigente y fue el ganador las elecciones del 6 de junio.


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5 COMENTARIOS

  1. Las guerras no se ganan con una batalla se ganan uniéndonos todos para derrotar a este comunista ambicioso y cruel jugando con la pobreza de nuestro querido MEXICO. Se gano una batalla pero tenemos que prepararnos para ganar la guerra contra ese insolente dictador.

  2. Es indiscutible de q es un buen análisis pero estoy convencido de q la gran mayoría de las clases medias no salió a votar. » Le Valió Madre «. Allí es donde debemos de buscar las causas q no es una. La apatía, el valemadrismo, el no pasa nada, están exagerando, México no es Venezuela ni Cuba, yo estoy cómodo, en mi zona de confort, EE UU no permitiría q la izquierda se posicione en México, y tal vez lo q muchos mexicanos piensan y dicen abiertamente: «me voy al otro lado con toda la familia».
    Quienes fuimos a votar por salvaguardar nuestras libertades. Tenemos q continuar y motivar a más mexicanos si queremos cambiar el 2024

    • Gracias. En la semana publiqué los números de la elección y si, el 52.6% de participación estuvo lejos del 72.6% de la participación en 1997 que salió a castigar la crisis del error de diciembre… pero si fue un 25% más del 41% que salió en 2003, ese año si le importo muy poco a la gente… el reto es entenderlo y ver cómo nos ponemos de acuerdo para motivar más.

  3. El ciudadano cuenta al igual que su voto. Esa fue la mejor expresión de la jornada electoral del pasado 6 de junio. Para que esto siga por el mismo camino, es necesario estar vigilantes de lo que hagan los partidos políticos con representación en la Cámara de Diputados, que asuman el mandato entregado, que defiendan los intereses de la nación y que no caigan ante la presión del presidente y su gobierno.

  4. A partir de este momento se inicia una nueva etapa en la que habrá más presión para exigirle resultados a la 4T, la pandemia no ha terminado, la inseguridad nos condiciona y se siguen rompiendo mes con mes el récord de homicidios, la corrupción rampante con evidencias a la vista del chairo más incrédulo, la clase media inconforme se robustece y los contrapesos se irán generando con los nulos resultados de este gobierno, y si no… al tiempo.

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