Luisa María Alcalde, con esa cara de que «aquí no pasa nada», salió a decir que la nueva causal de nulidad por intervención extranjera no es un chicle para que Morena lo estire a su antojo. Palabra de honor, dice la consejera jurídica: esta reforma no se usará para beneficiar al partido en el poder.
Pues perdón que lo diga, pero a nadie le cayó el cuento. Ni aunque lo repitiera en loop durante la mañanera. Porque si algo ha demostrado Morena en estos años es que para ellos lo electoral está por encima de todo: de la ley, de la lógica y a veces hasta del ridículo.
Ahora resulta que cualquier comentario incómodo de un gringo, un tuit desde Washington o una nota de prensa extranjera podría convertirse en el pretexto perfecto para anular una elección que no les guste. ¿Intervención extranjera? Depende de quién la interprete, ¿no? Y adivinen quiénes van a estar ahí para «interpretar».
Es como si el árbitro anunciara antes del partido: «tranquilos, el penalti solo lo voy a pitar si lo comete el equipo contrario». Nadie se lo cree. Menos cuando el mismo gobierno que presume soberanía anda más sensible que novio despechado cada vez que alguien desde afuera se atreve a opinar de lo que pasa en México.
La reforma ya está en el DOF y con ella viene el riesgo de que cualquier resultado adverso se convierta en «ataque a la soberanía». Qué conveniente, ¿verdad?
Al final, las palabras de Alcalde suenan bonitas, pero chocan de frente con la práctica diaria de un partido que ha convertido las instituciones en extensiones de su comité ejecutivo. Prometer que no lo usarán es como dar un martillo a un niño y pedirle que no toque los vidrios.
Ojalá me equivoque. Pero la historia reciente enseña que, cuando de poder se trata, Morena no deja herramienta sin usar.




























