Nueva agenda

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<> during the 2017 FIFA Confederations Cup Qualifier at Rose Bowl on October 10, 2015 in Pasadena, California.

Al margen de las posibles antipatías y desencuentros entre los presidentes de México y Estados Unidos ventilados en prensa, los desafíos enfrentados por América del Norte en esta segunda década del siglo XXI son tan significativos e interdependientes, que no existe otro camino distinto a la cooperación de sus gobiernos si desean transitar con mayor probabilidad de éxito sus respectivas gestiones. La recomposición de la relación bilateral es tan compleja como urgente, tras cuatro años de distorsiones diplomáticas provocadas por la administración Trump, como consecuencia de haber estado orientada a supeditar la relación con los países aliados a consentir las percepciones de la base electoral más xenófoba que ese país tenga memoria en la vida moderna.

Los primeros pasos para reconstituir la confianza bilateral parecen estar bien definidos en el comunicado emitido por la Casa Blanca y las declaraciones del Presidente mexicano, a propósito de la última llamada sostenida entre los dos mandatarios. Estos son: migración y salud. A ellos agregaría, por las repercusiones en la seguridad nacional de los dos países y las heridas abiertas en instituciones de ambos lados de la frontera a raíz del caso del general Salvador Cienfuegos, el de la seguridad de América del Norte.

En cuanto al primero, el fenómeno migratorio, el presidente Biden requiere cosechar utilidad política a partir del despliegue de una forma distinta de cooperación bilateral. Ello porque, al margen del extremismo de las políticas promovidas por Trump, existe un segmento importante de la opinión pública estadunidense que percibe a los migrantes como una amenaza a su seguridad y empleo. Esto es un caldo de cultivo que, de no desactivarse, podría seguir ganando espacios a la base trumpista en legislaturas o gobiernos estatales, constituyendo un obstáculo al objetivo del Partido Demócrata de retener la Casa Blanca en 2024. Más aún, ante la alerta emitida en el último discurso del saliente presidente Trump, de regresar de alguna manera a la vida política en el corto plazo.

Para el mandatario mexicano, esto representa una verdadera ventana de oportunidad. Primero, le permite cambiar la narrativa de México en la región, porque, hasta ahora, el gobierno de izquierda se ha destacado simplemente por desplegar cientos de efectivos de la Guardia Nacional en la frontera para dispersar las distintas caravanas migrantes. La inversión de 4,000 millones de dólares, supuestamente comprometidos por el presidente Biden en la llamada, de ser acompañados por asistencia técnica mexicana, relanzaría nuestra presencia a favor del desarrollo social en Centroamérica. Además, con base en el aprendizaje de nuestro país obtenido en el impulso al Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regulada de la ONU, ofrecería una experiencia de cómo normar con esos principios el flujo de personas. En esta tarea será conveniente revisar la eficiencia de los mecanismos de cooperación multilateral que México tiene en la región, mismos que, por la evidencia observada, no han generado los resultados esperados tras varios años de dedicarles tiempo y recursos nacionales.

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El segundo rubro para reconstruir la confianza es el tema de la salud. El manejo de la pandemia no sólo debe verse desde la perspectiva unilateral, factor que en Estados Unidos fue uno de los componentes centrales que explica la debacle electoral de Donald Trump, mientras en México siguen despertando severas críticas las improvisaciones del subsecretario Hugo López-Gatell. México y Estados Unidos ocupan dos de los cuatro primeros lugares con el mayor número de muertes, pero rectificar en lo andado debe analizarse también desde lo bilateral.

Con la pandemia, sin estudios del impacto económico y los beneficios esperados en salud, ni mucho menos pensar en medidas homologadas en los estados asentados en la línea divisoria, se decretó el cierre de la frontera terrestre a cruces no esenciales. De acuerdo con el Instituto Baker de Política Pública, esto pudo haber provocado una pérdida de 5 mil millones de dólares en el Producto Interno Bruto tan sólo en los condados fronterizos de Texas. Condiciones que, desde nuestro lado, también representan pérdidas millonarias a giros dedicados al turismo, el comercio y la atención médica. Por eso, se requiere repensar la estrategia no sólo en consideración de las cadenas de proveeduría a la manufactura, sino de las intensas dinámicas fronterizas.

Finalmente, el caso del general Cienfuegos amenaza con volver a cerrar las ventanas de cooperación en materia de seguridad. El gobierno del presidente Peña Nieto mostró que centralizar la interlocución en una sola ventanilla no lleva a ningún lado; como también resulta inviable forzar a que funcionarios diplomáticos acreditados en México se supediten a autoridades federales. ¿Vemos viable, por ejemplo, que nuestro agregado militar en Washington le rinda cuentas al Departamento de Estado? Sólo a partir de la confianza y la coherencia institucional podrá fincarse una mejor seguridad en América del Norte. Por todo ello, ojalá la transición política de Estados Unidos dé paso a una nueva agenda.


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