Las palabras presidenciales

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Efectivamente, la corrupción se da en todos los países, pero en México destacamos en impunidad.

Pues no tiene el poder de hacer el bien que quiere 
por el mal que lo oprime.
Shakespeare

Me sorprendieron sus palabras, no sé si correspondían a un texto escrito o si improvisó. El Presidente de la República señaló que la corrupción es un “tema de orden global”. Efectivamente, ésta se da en todos los países, pero en México destacamos en impunidad. América Latina, nuestra realidad más próxima, nos da ejemplo de castigos a servidores públicos corruptos. Lo más preocupante de lo dicho por el Presidente es que la corrupción, “… a veces, más que aparejada a una cultura lo está a una condición: a la condición humana. Lo que estamos haciendo (…) es domar, auténticamente, la condición humana, llevarla por nuevos caminos, estableciendo parámetros, estableciendo límites”. Esta concepción explica nuestra empobrecida política y nuestro deficiente Estado de derecho.

La democracia confía en el hombre, en sus virtudes, en su potencial, en su inclinación al bien. Lo dice Tucídides en boca de Pericles: “…confiamos para vencer, no en preparativos misteriosos ni en ardides ni en estratagemas, sino en nuestro valor y nuestra inteligencia”. Al estar inspirado en la desconfianza, nuestro derecho presume la mala fe y prohíbe. El derecho agrario impedía al ejidatario ser propietario de sus parcelas, conforme a la presunción de que la vendería. El derecho electoral es un mamotreto intentando evitar la distorsión del voto ciudadano. Igual sucede con las políticas sociales o la política fiscal, en contraste con países con auténtico Estado de derecho, austeros en la producción de normas y rigurosos en su aplicación.

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No hay que “domar la condición humana”, hay que mejorarla, crear las condiciones para que dé todo de sí. No se puede hacer un buen gobierno subestimando el alto potencial de la ciudadanía.

Uno de los grandes estudiosos del mexicano, Samuel Ramos, en su ya clásico libro El perfil del hombre y la cultura en México, expresa: “El nacionalismo se funda en la creencia de un México que ya existe con su fisonomía nacional definida y al que sólo es preciso sacar a la luz del día, como se destierra un ídolo”. La identidad nunca es cosa definida y acabada, sino en continuo proceso de evolución mediante la educación. Se trata de humanizar nuestra realidad, de hacer una política que rescate lo mejor del mexicano para fortalecer su autoestima y su confianza. Ya he señalado en otras ocasiones el descuido de la clase política en el manejo de su discurso, lo cual ha provocado, no tan sólo un problema de comunicación entre gobernantes y gobernados, sino la falta de credibilidad con la correspondiente degradación de la política.

Domar la condición humana riñe con el elemental humanismo que, en palabras simples, significa confianza en el hombre. Domar la condición humana sugiere que el hombre tiende al mal y al desvío de los principios que deben regir su conducta. Domar la condición humana inspiró a Santa Anna para sentirse el “seductor de la patria”. Domar la condición humana recuerda lo peor del porfirismo, que no le concedía al pueblo de México virtudes para practicar la democracia y que debía ser gobernado, con cierta benevolencia, al margen de la observancia de las leyes. Domar la condición humana era el mensaje implícito de Calles a Vasconcelos, cuando lo calificó de idealista al pensar que México estaba preparado para la democracia. Domar la condición humana significa querer gobernar sometiendo y atropellando, en lugar de estimulando e incentivando lo mejor de nosotros mismos para generar el bien común.

Bien señala Federico Reyes Heroles: “Tomar muy en serio las palabras, las ideas, pues los dogmas son la tumba de la razón”.


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