La Guerra de las Tlayudas

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Por: Juan Ignacio Zavala

Corrían los primeros días de aquel año de 2022 en esa noble tierra que es México. El Presidente estaba de mal humor. No era su culpa –o no necesariamente–: uno de sus hijos había sido descubierto en lo que, a todas luces, era un conflicto de interés. Vago de primer orden, mantenido profesional, el cuarentón fue exhibido en sus andanzas estadounidenses auspiciado por una señora con dinero. El Presidente estaba furioso. Ningún truco le funcionaba para bajar el tema, al contrario, nada más lo subía atacando a los demás. Se le ocurrió que lo mejor era armar una escalada: cambiar el tema y hacer uno de mayor tamaño. Fue entonces que decidió lanzarse contra España. Así dio inicio la famosa Guerra de las Tlayudas –llamada así por ser uno de los platillos típicos favoritos del Presidente y porque juró invadir el país ibérico con esas perlas culinarias oaxaqueñas–.

El Presidente les dijo rateros y saqueadores a los españoles, que eso de venir a robarnos se daba por terminado y que mejor no tener relaciones con ellos lo que restaba de su mandato porque ya lo tenían harto con sus latrocinios. Los españoles, dijo, son verdaderas aves de rapiña que llegaron a devorarse este país a tarascadas. Son el origen de nuestros males, subrayó el nieto de un español afincado en México.

En una concurrida manifestación en el Zócalo, el Presidente se lanzó con todo contra la españoliza. ¡Basta ya de butifarra, chorizos y pantomate! ¡Al carajo con eso y con las instituciones que nos impusieron! ¡Ahora mismo están llegando a la embajada española miles de tlayudas, los sepultaremos en tlayudas para que coman de lo que es bueno estos hipócritas! ¡Viva Benito Juárez! ¡Mueran los gachupines! Aclamado por sus seguidores entró a Palacio y regresó ataviado de conchero azteca. Con un taparrabo, el torso desnudo y un gigantesco penacho, el Presidente prendió incensarios con copal y se puso a danzar frenéticamente a la usanza de la Gran Tenochtitlan –o eso suponía él–, y aunque la panza no le permitía grandes movimientos, el número fue muy aplaudido y en ese momento se repartieron volantes con las acciones antiespañolas que debían realizarse a partir del día siguiente:

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1.- Quema de discos de Mocedades.

2.- Trituración de películas de Pili y Mili y de Joselito.

3.- Expulsión del país del terrorista José Luis Perales (se encontraba listo para dar un recital).

4.- Expropiación de todos los “castillos”, “mesones”, “paradores” y demás restaurantes que se dedicaban a la invasión culinaria con paellas, fabadas y otros platillos peligrosísimos para la salud. Serían convertidos de inmediato en Comedores del Bienestar en los que se expenderán sopes, tacos dorados, barbacoas, tamales, chilaquiles, tortas ahogadas, memelas y, claro, tlayudas, que en mucho tonifican el cuerpo y ayudan a la salud.

5.- El Presidente mexicano repudiaba públicamente de su nombre, Andrés Manuel López Obrador, y ahora sería Xochipilli Tlamatecutli. Invitaba a los mexicanos de bien a proceder de la misma manera.

Los españoles no sabían muy bien cómo reaccionar. “Nosotros hace mucho que quemamos nuestros discos de Mocedades y del gilipollas de Perales, no veo dónde está la novedad, coño”, dijo un abarrotero; “sabíamos que por México pasaba la droga, pero no que se la fumaban en la Presidencia”, declaró un alto funcionario a condición del anonimato.

Fue así que comenzó la Guerra de las Tlayudas, aunque la verdad es que los españoles ni participaron. La guerra terminó pronto, pues fuera del desmadre de los primeros días con comida gratis y demás, nadie más le siguió el tema al presidente Xochipilli. Eso sí, la gente siguió exigiendo cuentas sobre la casa del hijo presidencial en Houston, pero ésa es otra historia…


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