domingo, julio 26, 2026
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Jóvenes sin escuela, ¿delincuentes?

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Ay, qué manera de soltarla la presidenta en Cuautla. Después de que le cayeran al alcalde por sus supuestos enredos con los de la maña, Claudia Sheinbaum llega al municipio morelense, anuncia refuerzo de Guardia Nacional, diez preparatorias nuevas y un operativo casa por casa para “rescatar” a los chavos. Todo suena a plan integral, atención a las causas y esas cosas que se dicen en los discursos. Hasta ahí, más o menos. El problema llega cuando suelta la frase que ya anda dando vueltas: los jóvenes que no van a la escuela “no pueden andar por ahí delinquiendo”.

Órale. Así, de un jalón, se les pone el sello de posibles delincuentes a todos los que por pobreza, porque el papá se largó, porque hay que cuidar al hermanito o porque la depresión o cualquier otra enfermedad no los deja ni levantarse, se quedaron fuera del salón. Como si la calle fuera solo para los que ya andan en el desmadre y no para el que vende dulces, el que carga bultos o el que simplemente no encontró dónde metérsele a estudiar porque no había cupo ni lana para el pasaje.

La presunción de inocencia, esa que tanto se predica cuando conviene, aquí parece que se toma el día libre. No es lo mismo decir “vamos a meterles escuela y chamba para que no caigan en la tentación” que soltar que el que no está en el aula ya anda en malos pasos. Suena a generalización barata, de esas que después se convierten en pretexto para que cualquier patrulla mire con sospecha al muchacho de sudadera que camina por la colonia a las once de la mañana.

Claro que en Cuautla hay un problema de seguridad de a de veras, y que el alcalde anduviera prófugo no ayuda a la imagen. Reforzar vigilancia y abrir más preparatorias está bien. Buscar casa por casa para ofrecer opciones también suena razonable… si se hace sin tratar a los chavos como sospechosos de antemano. Porque si de por sí la vida ya los tiene contra la pared, encima venirles con el sermón de que “no pueden andar delinquiendo” es echarles más peso encima.

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Al final, la frase queda como de esas que se dicen con buena intención pero se escuchan con mala leche. Y en un país donde medio millón de jóvenes no terminan la prepa por mil razones que no son “porque les gusta el crimen”, conviene medir un poquito más las palabras. No vaya a ser que el remedio termine estigmatizando más que curando.

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