Devotos, elecciones y otros políticos non sanctos: Fox, el eterno regresado

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Reapareció Vicente Fox, el ranchero de Guanajuato que en el 2000 sacó al PRI de Los Pinos después de setenta años. Ahora, con botas y sombrero, se junta con la dirigencia priista, se pone corbata roja y les dice a los jóvenes panistas que hay que “partirle la madre a Morena” en 2027. ¡Qué valiente! El mismo que alguna vez llamó “víboras prietas y tepocatas” a los del tricolor, hoy los invita a la fiesta como si nada.

El exmandatario habla de alianza opositora, de “misión ciudadana” y de que su corazón sigue azul, aunque ya se metió a la cueva roja a tomarse la foto con Alito Moreno. Todo muy noble, muy por México. Pero uno no puede dejar de preguntarse: ¿de veras este señor puede empujar un cambio electoral?

Recordemos un poquito. Fox salió del PAN, regó porquería, regresó cuando le convino, y en 2012 no se le hizo el menor compromiso con Josefina Vázquez Mota. Prefirió empujar al “candidato puntero”, que era Enrique Peña Nieto. Sí, el mismo PRI que hoy abraza. ¿Y sus logros de gobierno? El Seguro Popular, la transparencia y la estabilidad económica suenan bonito en el discurso, pero la gente también recuerda el “yo no soy el presidente de los pobres”, el fracaso del “cambio” que prometió y las reformas que se quedaron a medias. No es que haya gobernado mal del todo, pero tampoco dejó un legado que lo convierta en el gran iluminado de la oposición.

Ahora, a sus ochenta y tantos, vuelve a llamar a los jóvenes a la guerra electoral. Como si la historia no hubiera demostrado que cada vez que se reinventa, termina en el mismo circo. El consejo de saber retirarse a tiempo parece no aplicarle. Prefiere seguir en el ring, aunque ya no pega con la misma fuerza y el público empieza a bostezar.

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Ojalá la oposición sí se una y le quite la mayoría a Morena en 2027. Eso sería bueno para el contrapeso. Pero que lo lidere quien realmente tenga credibilidad fresca, no el que ya se ha cambiado de camiseta demasiadas veces. Fox sigue siendo el mismo: carismático, lépero y, sobre todo, incapaz de quedarse callado en el rancho.

A veces lo más revolucionario es saber cuándo bajarse del caballo.