Vaya, vaya. Un día los diputados de Morena sueltan la bomba: andan analizando subir impuestos a la cerveza y a las sopas instantáneas, esas Maruchan que son pan de cada día en tantos hogares. Al día siguiente, Ricardo Monreal sale a poner orden y dice que no ha llegado ninguna propuesta formal de nuevos gravámenes ni de aumentos. Que todo es especulación. Aunque, ojo, reconoce que el gobierno federal sí tiene un problemón en las finanzas. Un boquete de unos 300 mil millones de pesos que hay que taponar como sea.
Así de claro. Primero lanzan la idea, generan el alboroto, y luego se echan para atrás cuando la gente arruga el ceño. Y todavía se quejan de las críticas. Pues claro que las hay, compadres. Cuando uno de los suyos habla de meterle más IEPS a la chela y a la comida de pobre, y al rato el coordinador sale a decir que no hay nada firmado, lo que se ve es un desmadre de coordinación. Unos por un lado, otros por el otro. Como si en la misma casa unos dijeran “vamos a subir la renta” y otros “tranquilos, nadie ha firmado nada”.
Monreal, con su estilo mesurado, insiste en que hay que esperar el Paquete Económico que mande la presidenta. Que no van a cargar más el bolsillo de la gente. Bien por el discurso. Pero el detalle es que el propio partido ya mostró las cartas: necesitan lana y están mirando hacia productos de consumo cotidiano. Cerveza y sopas. Nada de grandes corporativos o de los que de verdad evaden a lo grande. Directo al que se toma una fría el fin de semana o al que llega cansado y se echa un vaso de sopa caliente.
El asunto no es solo el impuesto en sí. Es la falta de orden interno. Mientras unos diputados de la Comisión de Hacienda hablan de recaudar miles de millones con estas medidas, los coordinadores salen a apagar el incendio. Luego se ofenden cuando la gente dice que no se ponen de acuerdo. Pues no se ponen. Y lo peor es que el reconocimiento del hueco fiscal queda ahí, flotando. Hay problema, sí. Hay necesidad de dinero, también. Pero la forma de comunicarlo y de discutirlo deja mucho que desear.
Al final, el ciudadano común se queda con la sensación de que primero anuncian el posible jalón al bolsillo y después salen a negar que haya plan. Como el que avienta la piedra y esconde la mano. En política eso no pasa gratis. Y menos cuando el partido en el poder presume disciplina y control. Aquí el control se ve bastante flojo.
Veremos qué llega el 8 de septiembre con el paquete formal. Mientras tanto, queda el recado: en Morena hay desmadre con las cuentas y no todos cantan la misma canción.

















