Resulta que Octavio Romero Oropeza, el que pasó de manejar los tubos de Pemex a las hipotecas del Infonavit, decidió que su declaración patrimonial es asunto de Estado secreto. Según la investigación de Pedro Villa y Caña en El Universal, el director pidió —y le hicieron caso— que todo se quede como confidencial: propiedades, cuentas bancarias, vehículos, inversiones, pensiones y hasta el sueldo. Ni en Declaranet ni en Nómina Transparente aparece nada. Como si el pueblo no tuviera derecho a saber cómo le va a quien administra el dinero de los trabajadores.
¡Qué coincidencia! Justo cuando la transparencia se presume a diestra y siniestra, este funcionario de la 4T se pone el manto de invisibilidad. Antes, al salir de Pemex, sí reportó unos milloncitos. Ahora, en el Infonavit, mejor no. ¿Será que las cuentas ya no cuadran tan bonito? ¿O que prefiere que nadie se entere de cuántos coches, terrenos o joyitas tiene por ahí? El Comité de Transparencia del instituto le dio el visto bueno, como si ocultar el patrimonio fuera un derecho humano prioritario.
Y mientras tanto, por el otro lado del espectro morenista, Sergio Gutiérrez Luna —mejor conocido como el esposo de #DatoProtegido— insiste en que los programas sociales no se pagan con los impuestos de los mexicanos. Como si el dinero cayera del cielo o saliera de una piñata mágica. Uno predica que el pueblo no pone un peso y otro se cuida de que nadie vea cuánto se ha embolsado. Qué cómoda la dualidad: predicar austeridad republicana mientras se blindan las cuentas y se presumén en redes relojes y ropa que costarían varios años de salario mínimo.
El contraste es de antología. Por un lado, el discurso de “primero los pobres” y “no somos iguales”. Por el otro, funcionarios que tratan su patrimonio como si fuera secreto industrial o dato de seguridad nacional. La ley dice que las declaraciones deben ser públicas, salvo excepciones muy puntuales. Pero aquí se interpretó a modo: confidencial total. Hasta una excomisionada del INAI ya señaló que esto va contra la máxima publicidad y la Constitución.
Al final, el mensaje queda claro: la transparencia es para los demás. Para los de la casa, mejor la opacidad sagrada. Y el pueblo, que siga aplaudiendo mientras se pregunta de dónde salen tantos lujos y por qué algunos se esconden detrás de un sello de “confidencial”. Qué tiempos aquellos en que se criticaba la opacidad… ahora se practica con ganas y se justifica con resoluciones internas.















