Hay veces en que uno se pregunta qué le pasó a cierta gente. Malú Micher, esa senadora que alguna vez sonaba como voz fuerte y crítica, ahora parece decidida a tirar su prestigio a la basura con declaraciones que harían sonrojar hasta al más despistado de la primaria.
En el marco del segundo informe de gobierno, se le ocurrió soltar que es mentira que los Programas para el Bienestar se financien con los impuestos de la gente. Según ella, todo sale de la “austeridad republicana”. Como si el dinero cayera del cielo o lo imprimieran en la cocina de Palacio. Luego, ya de noche y con la presión encima, salió a aclarar que “omitió precisar” que no se financian únicamente de los impuestos. Ahí nomás. El clásico “dije, pero no dije”.
¿En serio? ¿A estas alturas hay que recordarle a una legisladora que el gasto público sale del erario y que el erario se llena, principalmente, con lo que pagamos todos los mortales en impuestos, cuotas y contribuciones? La austeridad puede ayudar a reordenar prioridades, sí. Combatir evasión y privilegios fiscales también. Pero decir que los programas no se financian con impuestos es como afirmar que el pozole no lleva maíz. Suena bonito para la tribuna, pero no aguanta ni el primer café de la mañana.
No es la primera vez que Micher se manda un desliz de esos que dejan a la bancada viendo para otro lado y a las redes hechas un carnaval. De ser una de las voces más escuchadas en ciertos círculos, pasó a convertirse en material de meme legislativo. Y eso duele, porque el prestigio no se construye de la noche a la mañana ni se recupera con un tuit de aclaración.
Los programas sociales existen y llegan a millones. Eso no se discute. Lo que sí se discute —y se debe discutir sin miedo— es de dónde sale el dinero y cómo se sostiene a largo plazo. Negar o suavizar el papel de los impuestos no es defensa de la transformación: es un autogol en propia cancha. La gente no es tonta. Sabe que cuando le descuentan del sueldo, de la compra en el súper o de la gasolina, ese dinero termina en alguna parte del presupuesto.
Malú Micher todavía tiene trayectoria y puede aportar. Pero si sigue por este camino de frases que se deshacen al primer empujón, va a terminar como esos políticos que la gente recuerda más por el chiste que por el trabajo. Y eso, en política, es la forma más elegante de tirarse al basurero uno mismo.



















