Indecencia sin fronteras

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Por: Diego Fernández de Cevallos

Es un orgullo para México el prestigio de su Servicio Exterior, nuestro cuerpo diplomático. La capacitación de su personal de carrera se ha mantenido rigurosamente profesional, y en las designaciones por razones políticas generalmente se cuidó de no llegar a extremos manifiestamente injuriosos y grotescos.

Sin embargo, sería falaz afirmar que los abusos y desviaciones en esta materia solo corresponden a la presente administración, pues algunos consulados y embajadas fueron utilizados por los gobernantes en turno simplemente para colocar a sus amigos, pagar favores o desterrar a personajes que les resultaban incómodos, pero se guardaba cierto decoro en las formas y en las decisiones.

Recordemos que en la época posrevolucionaria se escuchaba aquella conseja: “para los gallos que andan rebeldes y quieren maíz, hay que darles encierro, entierro o destierro”. Pues las embajadas y consulados también han servido para alejar, civilizadamente, a los que molestan al príncipe, o para premiar a los que hicieron favores a “la causa”, así haya sido por la vía de la traición.

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Lo novedoso es la insolencia, pedestre y piojosa, del actual proceder gubernamental.

¿Por qué? Por diversas razones, entre ellas: porque este gobierno desconoce e incumple disposiciones básicas que derivan de la Convención de Viena (suscrita por México en 1961, que entró en vigor en 1964) y que obligan a los gobiernos a guardarse recíprocamente respeto. Esa norma exige a los Estados que antes de anunciar los nombres de quienes desean enviar como embajadores ante otros gobiernos, éstos den los beneplácitos correspondientes.

Aquí, no. Aquí Tartufo primero difunde, urbi et orbi, los nombres de quienes le vienen en gana, y supone que inexorablemente recibirá el beneplácito de los gobiernos de los países a donde desea enviarlos, porque su poder no tiene límites ni sus caprichos fronteras.

Lo hizo con España, y ésta mostró su molestia tardando meses en dar su aceptación; pero con Panamá las cosas terminaron de manera diferente: simplemente negó el beneplácito. Ahora Su Alteza Pequeñísima dice, mintiendo como siempre, que el propuesto por él “renunció”.

Lo cierto es que: 1) previamente no se pidió el beneplácito y 2) el propuesto está señalado como agresor de mujeres, lo que le importa un bledo a la pútrida Transformación de Cuarta, pero no a la dignidad y soberanía del pueblo y gobierno de aquel país.

Panamá le dio a Tartufo una agua de su propio chocolate: ¡tenga para que aprenda!

Pero éste, herido, acusa al gobierno panameño de actuar como la Santa Inquisición, y en venganza quiere endilgarles a la tal Jesusa, la que en el Senado mexicano dijo que “las vacas, las burras y las puercas tienen los mismos derechos que las mujeres”.

Simplemente: ¡repugnante! México y su diplomacia no lo merecen.


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