¡Testó! ¡Aleluya, aleluya!

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Por: Diego Fernández de Cevallos

Todos sabemos que el testamento es un instrumento elaborado con las formalidades que establece la ley en el que se consigna la voluntad de una persona sobre la transmisión de su patrimonio, a partir de su muerte. Se refiere, pues, a bienes y derechos, no a delirios ni alucinaciones. Cuando existen adeudos del de cujus, deberán ser pagados con cargo al acervo hereditario.

Pero, cuando su Alteza Pequeñísima nos dijo que ha elaborado su “testamento político” —algo inusual en el mundo, y figura inexistente en la Constitución y en nuestras leyes— y que se conocerá al acaecer su deceso, podemos deducir —por analogía— que desea dejar para las presentes y futuras generaciones su valioso patrimonio ético y político. De ello se infiere, pues, que el susodicho considera que hay correspondencia inexcusable y virtuosa entre lo que ha dicho y lo que ha hecho en su vida, que es algo digno de ser heredado a su amado pueblo y que no se debe perder o dilapidar.

Lo cierto es que estamos ante una tracalada más, con efectos actuales y post mortem, pues resulta imposible no hallar en tal comportamiento una expresión (impúdica, exorbitante y pedestre) de narcisismo, vanagloria y cinismo que termina siendo, además, un distractor engañoso.

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Sus mascotas y corcholatas, siempre fieles, dirán que la noticia está calando en lo más profundo y sensible de la nación entera, manteniéndola en un éxtasis sin precedentes, aunque solo sea otro ardid para no responder por la destrucción artera y sin descanso que viene haciendo en el país.

Dio la noticia después de recibir (como debía de ser) la más esmerada atención por parte de un impresionante ejército de reconocidos galenos y personal de auxilio en un hospital militar, para una “revisión de rutina” a consecuencia de su viejo problema cardiaco.

Más allá de banderías, todos debemos desearle que recupere la salud, empezando por la mental, pero el tema de esta columna es la apertura de tan regio testamento, cuando sean sus pompas fúnebres. Ese glorioso momento, que inexorablemente llegará, será grande, trascendente y luminoso para nuestro futuro como nación. En efecto, por encima de lo que cada quien piense del aún desconocido testamento, no hay duda del patriótico motivo de su elaboración, pues su Alteza Pequeñísima dijo algo que tal vez ni Dios imaginó: “LO HICE PARA GARANTIZAR LA GOBERNABILIDAD EN MÉXICO”.

¡Zas y recontra zas! Señoras y señores: ¡urgen psiquiatras y loqueros en el Palacio de Cortés!

Por lo pronto, el “pueblo bueno y sabio” puede imaginar el doloroso y emotivo momento en el que unas plañideras gemirán ruidosamente y, a modo de testamento, leerán el trilladísimo bla, bla, bla, del enfriado occiso, que desde la eternidad seguirá garantizando para México gobernabilidad perpetua.

¿Por qué le dirán Tartufo?


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