Ay, caray. El senador Carlos Lomelí Bolaños, ese político de Morena que nunca falta cuando hay que aplaudir desde el estrado, salió a decir que el dinero de las becas no sale del bolsillo de los mexicanos, sino de la presidenta Claudia Sheinbaum. Según él, hay que dejar de confiarse de lo que dicen medios y redes, porque esos recursos los manda ella en persona. Como si la doctora abriera la cartera cada mes y empezara a repartir billetes con su propia firma.
Uno se queda con cara de “¿qué?”. Porque cualquiera que haya pagado un impuesto, llenado una declaración o simplemente visto cómo le descuentan del sueldo sabe de dónde sale la lana. Del pueblo. De los trabajadores, de los comerciantes, de los que se matan en el día a día. El presupuesto no es una cuenta personal de nadie, por más que algunos se empeñen en venderlo como regalo de cumpleaños.
Pero vaya, el senador insiste: no se confundan, no se dejen engañar. Y uno no puede evitar pensar en el contexto. Porque mientras tanto, las empresas vinculadas a su emporio farmacéutico siguen recibiendo contratos millonarios en el sector salud. Cientos de millones de pesos en adjudicaciones para medicamentos e insumos hospitalarios, justo cuando el sistema público anda con desabasto y problemas de abasto. Qué coincidencia tan oportuna. Después de años de señalamientos, investigaciones y hasta reservas de expedientes, resulta que ahora hay que cuidar la relación con el poder. Nada como un elogio bien colocado para que los negocios no se enfríen.
Es el clásico “no soy yo, es la causa”. Personalizar el gasto público como si fuera generosidad individual sirve para dos cosas: enaltecer a quien manda y, de paso, recordarle que uno sigue siendo leal. Especialmente cuando las acusaciones no se han evaporado del todo y las empresas necesitan seguir facturando. El pueblo pone el dinero, el político pone el discurso, y al final algunos terminan con contratos bien gordos.
No se trata de negar las becas. Que lleguen a más de veinte millones de estudiantes es un dato concreto y sirve a muchas familias. El problema es el teatro: convertir un derecho financiado con impuestos en un acto de magia presidencial. Como si el erario fuera una alcancía privada. Eso no es transparencia, es marketing político de los que más bien huelen a acomodo.
Al final, el mensaje queda claro. Mientras se predica que el dinero “sale de ella”, por otro lado se cuida que las facturas de siempre sigan llegando. Así de simples y así de transparentes, como diría el propio senador… aunque con menos ironía.






















