¡Órale, qué bonito espectáculo nos regaló Ricardo Monreal! El eterno saltimbanqui de partidos, el hombre que ha cambiado de camiseta más veces que yo de calcetines, salió al quite con la frase del año: que los diputados de Morena van a votar la reforma electoral “venga como venga”, sin leerla, sin cuestionarla, sin pestañear. ¡Pura lealtad priista recargada! Porque, claro, en Morena ya no hay debate, hay aplauso automático. Como en los viejos tiempos del PRI-gobierno, cuando el presidente decía “salten” y todos preguntaban “¿de cuántos pisos, mi general?”.
En la plenaria del jueves, con apenas 94 de 253 diputados presentes –los demás seguramente andaban comprando despensa o fingiendo que trabajan–, levantaron la manita y gritaron “¡Es un honor estar con Claudia hoy!” como si fuera misa de pueblo. Monreal, con esa cara de “yo no fui”, soltó que la iniciativa llega el martes 24, pero que ni modo, se aprueba ciega y sorda. ¿Y si trae una diputación para los fantasmas de Nezahualcóyotl o un bono extra para los que aplauden más fuerte? Ni pedo, obediencia es obediencia. ¡Qué nivel de compromiso intelectual!
Pero aquí viene la cereza del pastel, la joya de la corona del ridículo: la última palabra NO la tiene Morena. No, queridos. La tiene el Partido Verde, esos ecologistas de ocasión que negocian como si vendieran tacos al pastor en el mercado negro. Y el PT, que siempre llega a la fiesta con la mano extendida. Sin esos dos, ni con todo el amor de Claudia se alcanza la mayoría calificada. Monreal lo sabe, lo admite con media sonrisa, y ya anda mandando mensajitos de “¿cuánto quieres, compa?” al Verde. Porque en la política mexicana actual, la lealtad ciega solo llega hasta donde alcanzan los votos comprados.
Entonces, recapitulemos con cariño: un coordinador que presume sumisión total, una bancada que obedece sin leer, una presidenta que –con todo respeto– parece disfrutar el coro de “sí, señora”, y al final del día, el destino de la reforma electoral depende de los mismos que venden su voto al mejor postor. ¡Bravo! Esto sí que es democracia avanzada, de vanguardia, de esas que hacen suspirar de emoción a cualquier dictador del siglo pasado.
Señora Sheinbaum, con todo el respeto que merece una científica convertida en jefa suprema, ¿no le da pena tener soldados en lugar de diputados? Y Monreal, mi rey, ¿no te cansas de ser el perrito faldero más fiel del barrio? Porque en este circo, los payasos cambian de nombre, pero el número sigue siendo el mismo: sumisión, aplausos y palomitas para el público.











