sábado, julio 25, 2026
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La disociación estadística del Leviatán

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La desconexión entre la narrativa gubernamental de pacificación y la experiencia cotidiana de los ciudadanos representa una de las fallas estructurales más profundas del Estado contemporáneo. A través del examen metodológico de los resultados correspondientes al segundo trimestre del año 2026 de la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU) provista por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), este informe desarticula el espejismo de la reducción criminal. Analizando los vectores de fricción discursiva, el retraimiento del espacio público, la desconfianza institucional y las dinámicas micro-sociológicas de conflicto, se evidencia cómo la seguridad ha dejado de ser una variable técnica para constituirse en el terreno central de una guerra por la hegemonía y la legitimidad social.

 I. Introducción: El Espejismo Numérico y la Quiebra Discursiva

El ejercicio del poder político moderno descansa sobre una premisa hobbesiana fundamental: la cesión del monopolio de la violencia legítima a una autoridad soberana a cambio de la preservación del orden interno y la certidumbre existencial. Cuando la arquitectura de un régimen político se consagra a la propaganda sistemática de una pacificación abstracta, cimentada sobre reducciones marginales en la incidencia de los delitos, pero la estructura de la percepción ciudadana se mantiene en un estado de alarma perenne, asistimos a un fenómeno sociopolítico de fricción sistémica. Los resultados de la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU) publicados por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) correspondientes al mes de junio de 2026, revelan que el 59.8% de la población de 18 años y más residente en 91 áreas urbanas considera inseguro vivir en su ciudad.

Si bien esta cifra representa una disminución estadísticamente significativa en comparación con el 61.5% registrado en marzo de 2026 y el 63.2% de junio de 2025, la lectura lineal de esta reducción constituye una simplificación tecnocrática. La sociología política nos compele a interrogar no el dato aislado, sino la brecha existente entre el optimismo burocrático de la narrativa gubernamental —que celebra cada punto porcentual como una victoria definitiva— y el arraigo de una hegemonía del temor que condiciona la vida cotidiana de las mayorías. Esta disonancia no es una mera anomalía estadística; es la manifestación empírica de una fractura conceptual en la gobernabilidad democrática, donde las instituciones del Estado pretenden legitimar su existencia mediante tabulares oficiales mientras los gobernados habitan un entorno social caracterizado por la contingencia y el conflicto latente.

 II. Anatomía de la Fricción: Datos Duros versus Hegemonía del Temor

El núcleo de la confrontación política contemporánea se sitúa en la lucha por la atribución de sentido al entorno social. Para el discurso gubernamental, la seguridad se mide a través del decremento de las denuncias registradas; para la ciudadanía, la seguridad se experimenta en el tránsito de la calle, en el ingreso al cajero automático y en la certidumbre de que los lazos comunitarios no serán fragmentados por la violencia. La ENSU demuestra que el temor no se distribuye de manera uniforme ni neutral, sino que responde a fallas estructurales y a asimetrías de género alarmantes. Mientras que el 52.6% de los hombres reporta una sensación de inseguridad, esta cifra se eleva exponencialmente al 65.6% en el caso de las mujeres. Esta disparidad de trece puntos porcentuales evidencia que el espacio urbano es percibido y vivido como un territorio hostil, donde el género se convierte en un factor determinante de la vulnerabilidad ante el entorno.

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El análisis sociopolítico debe desmitificar la aparente tendencia a la baja. Si examinamos los espacios físicos específicos, descubrimos que los nodos de mayor flujo económico y social de las ciudades son precisamente los que concentran la mayor carga de desconfianza. El hecho de que el 70.3% de los ciudadanos tema hacer uso de un cajero automático en la vía pública y que el 63.4% se sienta vulnerable en las calles implica una parálisis silenciosa de la vida urbana. El espacio público, concebido desde la teoría clásica como el ágora de la deliberación ciudadana y el intercambio libre, se transforma bajo esta dinámica en un escenario de riesgo. La reducción marginal del índice agregado de delincuencia es irrelevante cuando las estructuras subyacentes de la vida social se encuentran colonizadas por la expectativa del delito.

 III. El Espacio Público Bajo Asedio: El Retraimiento como Práctica Política

Desde una perspectiva constructivista, las identidades políticas y colectivas se articulan mediante el uso e interconexión dentro de la sociedad civil. Sin embargo, cuando la inseguridad deviene en sentido común de época, los ciudadanos recurren a lo que en sociología política denominamos el «retraimiento del espacio público» o la privatización forzada de la existencia. La ENSU de junio de 2026 proporciona datos inequívocos sobre esta transformación conductual: el 42.0% de la población modificó sus hábitos respecto a llevar consigo objetos de valor por temor a sufrir algún delito; el 38.2% restringió las rutinas de los menores de edad en el hogar, impidiéndoles salir sin compañía; y el 35.9% alteró sus hábitos respecto a caminar de noche en los alrededores de su vivienda.

Este cambio de hábitos no es un hecho meramente defensivo; es un acto de capitulación social ante la ineficacia del Estado. El repliegue hacia el ámbito privado erosiona el capital social y desarticula los vínculos de solidaridad comunitaria fundamentales para la resistencia y la exigencia ciudadana. Al recluirse en sus hogares y modificar sus itinerarios, los gobernados ceden el control del territorio a las dinámicas delictivas o a la arbitrariedad de las fuerzas de seguridad, profundizando la atomización social. La comunidad política deja de operar como un cuerpo cohesionado y se disuelve en una suma de individuos aislados que gestionan de forma privada su propia vulnerabilidad, invalidando la pretensión estatal de representar el interés general.

IV. Confianza Institucional y Militarización: La Legitimidad Sostenida por la Coerción

Uno de los puntos de ruptura más complejos en el análisis del sistema de gobierno actual es la contradicción en la valoración del desempeño de las autoridades. La ENSU revela un ordenamiento de la confianza ciudadana fuertemente inclinado hacia las instituciones de carácter militar, en detrimento de las corporaciones civiles de proximidad. En junio de 2026, el 84.4% de la población percibió el desempeño de la Marina como muy o algo efectivo, seguido por el Ejército con un 82.1% y la Fuerza Aérea Mexicana con un 81.0%. La Guardia Nacional registra un 72.8% de efectividad percibida, mientras que las policías estatales y preventivas municipales caen dramáticamente al 54.1% y 50.7%, respectivamente.

Autoridad de Seguridad Pública

Percepción de Desempeño Efectivo (%)

Marina Armada de México

84.4%

Ejército Mexicano

82.1%

Fuerza Aérea Mexicana

81.0%

Guardia Nacional

72.8%

Policía Estatal

54.1%

Policía Preventiva Municipal

50.7%

Este diseño de la percepción pública plantea una paradoja gramsciana de primer orden. En un Estado democrático liberal, la legitimidad debe emanar del consenso y de la eficiencia de las instituciones civiles. No obstante, la transferencia del respaldo popular hacia el estamento militar demuestra que el orden y la gobernabilidad no se sostienen sobre la confianza en la justicia civil, sino sobre la expectativa de la coerción drástica. Las policías municipales y estatales, que deberían constituir la primera trinchera de la rendición de cuentas y el contacto ciudadano, son percibidas por la mitad de la población como inoperantes o, peor aún, como agentes de la propia criminalidad. Esta erosión de la base civil del Estado debilita los mecanismos institucionales de control y consolida una estructura de poder donde la seguridad se desvincula de los derechos ciudadanos para entenderse únicamente bajo la lógica de la fuerza del Estado.

 V. Micro-sociología del Conflicto Urbano: El Tejido Social Degradado

El informe de la ENSU no solo permite evaluar la relación entre el ciudadano y el Estado, sino que expone las tensiones subterráneas que fracturan las relaciones interpersonales en el ámbito comunitario. Durante el segundo trimestre de 2026, el 40.2% de la población de 18 años y más tuvo de manera directa algún conflicto o enfrentamiento con familiares, vecinos, compañeros de trabajo o escuela, personal de establecimientos o autoridades de gobierno. Las áreas urbanas que registran las tasas más elevadas de esta conflictividad horizontal son Zapopan con un 64.3%, Tlajomulco de Zúñiga con 64.1% y Coyoacán con un 62.9%.

Este dato es sintomático de una sociedad sometida a un estrés estructural permanente. Cuando los canales institucionales para la resolución de disputas fracasan y el entorno se percibe como inherentemente inseguro, los ciudadanos adoptan lógicas de confrontación directa. El conflicto horizontal sustituye a la cooperación gregaria. La degradación del tejido social se manifiesta en la hostilidad cotidiana entre iguales, lo que debilita la capacidad de articulación de demandas colectivas frente al poder político. Una ciudadanía fragmentada por pleitos vecinales y tensiones intrafamiliares es una ciudadanía incapacitada para construir una contrahegemonía sólida que exija responsabilidades estructurales a sus gobernantes.

 VI. Corrupción y Desempeño Gubernamental: La Doble Ineficacia Administrativa

La fricción discursiva alcanza su punto más álgido al analizar el contacto directo entre los ciudadanos y los aparatos represivos del Estado. De acuerdo con los resultados del INEGI, durante el primer semestre de 2026, el 13.6% de la población urbana tuvo contacto con alguna autoridad de seguridad pública. De este universo, la alarmante cifra del 45.6% declaró haber sufrido al menos un acto de corrupción por parte de dichas autoridades. Este dato arruina cualquier intento oficial de posicionar a las corporaciones de seguridad como guardianes desinteresados del orden; por el contrario, las dibuja ante la mirada analítica como estructuras de extracción de rentas ilegales que victimizan a la población a la que juraron proteger.

A esta realidad se aúna la percepción generalizada de la ineficacia gubernamental en la resolución de las problemáticas cotidianas. Apenas el 30.8% de la población urbana considera que el gobierno de su ciudad es muy o algo efectivo para resolver los problemas más recurrentes, entre los cuales destacan los baches en calles y avenidas (83.4%), las fallas y fugas en el suministro de agua potable (65.4%) y las coladeras tapadas (60.4%). El contraste regional en este rubro es indicativo de las profundas brechas de gestión que dividen al territorio nacional:

Ciudades con Mayor Percepción de Efectividad (%)

Ciudades con Menor Percepción de Efectividad (%)

Ciudad del Carmen (63.4%)

Cuautitlán Izcalli (12.4%)

San Nicolás de los Garza (63.3%)

Puerto Vallarta (13.3%)

Apodaca (58.4%)

Mexicali (13.6%)

Esta asimetría en la efectividad percibida pone de manifiesto que la gobernabilidad local se encuentra fragmentada. Mientras algunos enclaves logran mantener niveles aceptables de desempeño administrativo, vastas regiones del país se encuentran sumidas en una doble ineficacia: la incapacidad de proveer servicios básicos elementales y la incapacidad de garantizar la integridad física de sus habitantes. Para la sociología política, esta combinación es letal para la legitimidad de cualquier régimen, puesto que expone al ciudadano a un estado de desamparo donde el contrato social se desvanece en la práctica cotidiana.

 VII. Conclusión: Hacia una Discusión Universitaria Disruptiva

Los datos de la ENSU de junio de 2026 ofrecen una lección fundamental para la academia y la deliberación universitaria: la seguridad pública no puede seguir siendo analizada como un asunto técnico-policial o como una batalla campal de relaciones públicas e interpretaciones estadísticas entre el oficialismo y la oposición. La persistencia de un 59.8% de percepción de inseguridad nacional, combinada con un 31.0% de hogares que han sido víctimas directas de robos, extorsiones o fraudes en el último semestre, demuestra que el temor es una realidad estructurante de la política mexicana contemporánea.

El reto para los analistas en formación consiste en desmontar las narrativas de complacencia burocrática y comprender que la hegemonía del temor opera como un mecanismo de control social invisible, que desmoviliza a la sociedad, debilita la rendición de cuentas y legitima la militarización permanente de las funciones civiles del Estado. La polémica constructiva que debe suscitarse en los espacios de educación superior pasa por exigir que las estadísticas dejen de ser un escudo discursivo para los gobernantes y se transformen en la base de un rediseño profundo del pacto social, donde la protección de la vida y el rescate del espacio público sean las verdaderas métricas del éxito de un gobierno.

Referencias Estratégicas y Documentales

  1. Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). (24 de julio de 2026). Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU). Comunicado de Prensa Núm. 40/26. Aguascalientes, México: INEGI.
  2. Errejón Galván, Íñigo. (2012). ¿Qué es el análisis político? Una propuesta desde la teoría del discurso y la hegemonía. Revista Estudiantil Latinoamericana de Ciencias Sociales (RELACSO), 1-16.
  3. Losada L., Rodrigo y Casas Casas, Andrés. (2008). Enfoques para el análisis político: Historia, epistemología y perspectivas de la ciencia política. Bogotá, Colombia: Editorial Pontificia Universidad Javeriana.
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