Oportunidades y riesgos del diálogo político

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Por: Marcos Pérez Esquer

A petición del PAN, esta semana iniciaron las conversaciones entre el gobierno federal y la oposición. La primera reunión se llevó a cabo entre el Secretario de Gobernación, Adán Augusto López, y una comisión de panistas encabezada por el presidente nacional Marko Cortés.

Hasta este momento los acuerdos son incipientes. Se resolvió continuar el diálogo político incluyendo al resto de la oposición a partir de enero próximo, e intentar construir acuerdos a partir de siete mesas temáticas: 1) Tolerancia, normalidad democrática y estado de derecho, 2) Economía para la generación de empleo y la superación de la pobreza, 3) Seguridad, 4) Reforma eléctrica, 5) Salud y bienestar, 6) Reforma electoral, y 7) Medio ambiente y desarrollo sustentable.

El inicio de estas conversaciones ha abierto debates dentro del propio gobierno, y también hacia el interior de la oposición. En el gobierno hay quien dice que abrir ese diálogo con la oposición es una muestra de debilidad, pero hay quien dice que es muestra de apertura y tolerancia, y que le permitirá avanzar en su agenda. Sin embargo, dado que en ese lado de la ecuación finalmente se hace lo que diga el presidente, la que cobra relevancia es la discusión interna que se suscita en la oposición. Ahí, de un lado están quienes consideran que la oposición siempre debe estar en el ánimo de dialogar para construir, y por otro lado están quienes piensan que es una forma de claudicación o de rendición.

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Desde mi punto de vista, abrir ese diálogo es un juego de suma positiva, es un juego de ganar-ganar. Por su lado, un gobierno que se dice democrático siempre debería estar dispuesto a escuchar, porque debe gobernar para todos, no solo para quienes votaron él; mientras que del lado de la oposición, si es responsable, también debería estar dispuesta a dialogar porque millones de personas se sienten más representadas por la oposición que por el propio gobierno y su voz debe ser escuchada y atendida. Pero además, a diferencia de otros críticos, como lo podrían ser la prensa, e incluso la academia, los partidos de oposición, al aspirar a gobernar, no pueden darse el lujo de limitarse a criticar, sino que también deben plantear un programa alterno y hacer propuestas distintas.

Llama la atención que el llamado al diálogo surja desde el PAN y no desde el gobierno. En principio, debería ser el gobierno el convocante, es quien tiene la obligación primigenia de generar cohesión social, pero el que tenemos hoy, se ha caracterizado por lo contrario, por polarizar y denostar. En ese sentido, durante todo este tramo no ha tenido ni el ánimo ni la calidad moral para llamar al diálogo; pero qué bueno que en la oposición hubo la altura de miras que detone la posibilidad de iniciar el proceso de reconciliación nacional que tanta falta está haciendo, esa es la gran oportunidad.

Pero ¿por qué ahora el gobierno acepta dialogar? Parece que la elección del pasado 6 de junio que no le dio la mayoría calificada que esperaba en la Cámara de Diputados, lo está orillando a acordar con la oposición para hacer avanzar algunos de sus proyectos. El mensaje de las urnas fue claro: si el presidente quiere seguir haciendo reformas a la Constitución, deberá acordarlas con la oposición.

Por todo esto, parece que dialogar es conveniente para ambas partes. El gobierno impulsa su agenda y se muestra tolerante, y la oposición se presenta como responsable y constructiva, ya no solo como oposición sino también como opción. Pero ello no significa que no haya riesgos. Veamos:

1) Por un lado está el riesgo de que todo termine siendo un diálogo de sordos que no llegue a nada, y que no pase de la foto. Sería no solo decepcionante, sino que le daría la pauta al gobierno para decir que él estuvo dispuesto al diálogo, pero que la oposición es facciosa;

2) Otro riesgo es que la oposición ceda en temas en los que no debería transigir. El solo hecho de que se abran mesas para las reformas eléctrica y electoral, resulta por demás preocupante. Los planteamientos que ha hecho el gobierno en estos asuntos son claramente regresivos e inconvenientes para el país; y

3) Un riesgo más, es que quienes representen a la oposición terminen negociando en función de intereses personales o de grupo. La oposición deberá cuidar muy bien qué perfiles la representan en esas mesas.

Aún así creo que, sin estar exento de riesgos, y si se maneja bien, el ejercicio puede resultar positivo y redundar en beneficio de México. Intentarlo vale mucho la pena. Ya veremos.


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