Ómicron, otra cara de la desigualdad

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Una de las más tristes paradojas de nuestro tiempo es la desigualdad. Nunca en la historia de la humanidad se ha generado tanta riqueza, tanta tecnología, tanto bienestar, como ahora, mismos que son concentrados por sólo una pequeña parte de la población mundial en comparación con una gran mayoría para quienes hasta bienes básicos como agua, comida y techo son inaccesibles.

Hay desigualdad al interior de los países —entre personas ricas y pobres— y entre países —países ricos y países pobres— que la pandemia por covid-19 ha evidenciado a través de una nueva faceta: la desigualdad en la distribución de las vacunas que, según los científicos, es la causa del origen de nuevas variantes del coronavirus desde la alfa hasta ómicron, la cual amenaza con volver a poner el mundo de cabeza. De acuerdo con datos del Grupo Multilateral de Líderes del Banco Mundial, el FMI, la Organización Mundial de Comercio y la Organización Mundial de la Salud para el Covid-19 (MLT, por sus siglas en inglés), los países más ricos del han obtenido suficientes vacunas para inmunizar a su población varias veces. Por ejemplo, los países del G7, en conjunto, han asegurado 2,900 millones de dosis más de lo que necesitan para vacunar completamente a sus poblaciones. Mientras tanto, 34 países, la mayoría en África, aún no han obtenido las dosis suficientes para vacunar completamente al 40% de su población a fines de 2021, y 78 países aún no consiguen las dosis suficientes para alcanzar el objetivo de vacunar al 70% de su población a mediados de este año 2021.

Asimismo, Our World Data ha reportado que, de 8,000 millones de dosis de vacunas contra covid-19 administradas en el mundo, sólo el 5.5% se ha destinado a los países pobres. El MLT señala tres pasos clave que ayudarían a acelerar el suministro de vacunas a esos países. Primero, los países con programas avanzados de vacunación deben compartir sus dosis excedentes con los países con escasez, por ejemplo, mediante acuerdos de intercambio de entregas de vacunas. En segundo lugar, los países que han anunciado donaciones deben cumplir urgentemente con la entrega. En tercer lugar, los fabricantes de vacunas deben dar prioridad a los suministros para los países de ingresos bajos y medianos.

Las restricciones a la exportación, los altos aranceles, los cuellos de botella aduaneros sobre las vacunas y los suministros para atender covid-19 también deben resolverse, junto con la necesidad de armonizar y simplificar las regulaciones de cada país para acelerar el arribo de estos productos a la población.

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Aunado al acaparamiento de los países ricos, está la poca eficacia del mecanismo Covax de la ONU, cuya misión es, precisamente, asegurar vacunas a las personas más pobres y vulnerables. Por cierto, otros grupos de personas sin acceso a vacunas son los migrantes y todos aquellos que, por diversas razones, como conflictos o desastres naturales, se encuentran en constante movimiento: un reto más para el control de la pandemia. Pero el problema de los países pobres y de ingreso medio no sólo es la falta suficiente de acceso a vacunas, sino sus sistemas de salud endebles y la falta de capacidad logística para almacenar y distribuir la vacuna bajo las condiciones necesarias. De nuevo, una cara más de la desigualdad.

En este contexto, es una buena noticia el inicio de un proceso mundial en la OMS para negociar un instrumento internacional para fortalecer las respuestas futuras a las pandemias y mitigar las fallas. De las muchas lecciones que nos ha dejado covid-19, quizás la más urgente y valiosa sea la necesidad de ser solidarios y de entender que en este barco vamos todos y que, si se hunde, no importa si somos ricos o pobres, todos sufriremos igual.


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