Mi lectura de las elecciones

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El reto mayor del PAN es preservar su identidad, distinguirse por la forma de ejercer el poder, reconciliar de nuevo ciudadanía y política, conformar un discurso para recuperar credibilidad y confianza…

Que nunca falten motivos espirituales en nuestra lucha política.
Manuel Gómez Morin.

Tengo muchas cosas que celebrar por lo acontecido el pasado domingo. Confirmar que sí se da una racionalidad en el voto. A pesar de los vicios que venimos arrastrando, triunfó una ciudadanía responsable que supo imprimirle a la democracia su más elemental deber: castigar a quien gobierna mal. Era inconcebible un triunfo del PRI en estados como Chihuahua, Quintana Roo y Veracruz. Hubiera carecido de toda lógica.

Celebro el buen liderazgo de Ricardo Anaya. El triunfo del domingo podría equipararse al del 2000. Desde luego, ayudaron muchos factores, pero el desempeño de Anaya lo coloca en la lucha por la candidatura hacia el 2018. Celebro también que con estos triunfos el PAN se recupera de las derrotas de 2012 y 2015.

Celebro también el extraordinario liderazgo de Javier Corral. He tenido, y seguiré teniendo, diferencias con él, pero su denuedo, su perseverancia, su autenticidad y sus principios nos hicieron rescatar Chihuahua. Es, quizá, el más panista de los que ganaron.

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Hay algo en lo que me quiero detener y destacar. El PAN tiene un saldo favorable por su manera de gobernar estados y municipios. Ciertamente, el reto mayor es demostrar que se puede hacer política en forma diferente y conforme a la doctrina panista, cuyo núcleo central es la vinculación de la ética y la política humanista.

Tenemos una asignatura pendiente en nuestra tortuosa transición: la relación del partido con los funcionarios emanados de sus filas. Venimos arrastrando la mentalidad priista de que el gobernador —o el alcalde— manda e impone candidatos y dirigentes. Ya lo he dicho, el partido en el poder debe apoyar las políticas públicas de la plataforma electoral registrada y el gobernante debe respetar las decisiones de los órganos internos del partido. Si hay un desvío, el partido debe deslindarse oportunamente de quien le ha fallado a la ciudadanía. 

Celebro también el debate del domingo en el programa de Joaquín López-Dóriga, en el que vimos los estertores de uno de los últimos ejemplares de una especie —espero— en extinción. Manlio Fabio Beltrones se vio superado por Anaya y Agustín Basave, quienes dieron cátedra de lo que deben ser los nuevos liderazgos.

Igualmente celebro el poco entusiasmo por los candidatos independientes. A pesar de sus crisis, los partidos son la mejor forma para organizar la voluntad ciudadana. Es preciso seguir fortaleciéndolos.

No celebro la “hazaña” de Andrés Manuel López Obrador. Consiguió dividir a la autodenominada izquierda, causándole un mal resultado.

Me preocupa que los órganos electorales, tanto administrativos como judiciales, soslayen un principio elemental: el derecho electoral es derecho público. Por lo tanto, la autoridad debe ser proactiva y no actuar sólo cuando haya la queja y se presente la querella. Debemos recoger experiencias y corregir en el breve plazo para que el proceso de 2018 tenga mayor legitimidad.

En el PAN debe darse un enorme ejercicio de capacitación. De aquí a las elecciones presidenciales el reto es majestuoso. El principio elemental del humanismo consiste en el buen trato al prójimo. Ojalá todos hagamos un ejercicio para recuperar la camaradería castrense. El reto mayor es preservar su identidad, distinguirse por la forma de ejercer el poder, reconciliar de nuevo ciudadanía y política, conformar un discurso para recuperar credibilidad y confianza, demostrar que se puede ser congruente con los principios y valores que le dieron origen.

PD. Germán Martínez Cázares se pregunta: “¿Cuál PAN ganó?”. No triunfó, entre otros, el que lo impuso como dirigente en 2007.


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