La regenta

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En los incipientes tiempos políticos del país, cuando la alternancia estaba aún lejos y el entonces Departamento del Distrito Federal carecía de derechos políticos, la representación del gobierno recaía en la figura del regente.

Un jefe del Departamento del Distrito del Distrito Federal impuesto por un presidente de la República emanado del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y en quien recaía la administración de la capital del país, centro de los poderes y eje económico de la nación.

Por supuesto que no había democracia en ese entonces. El regente gobernaba con ayuda de unos delegados que él —ninguna mujer figura en la lista de regentes, ninguno reconociendo sus capacidades siquiera— nombraba y en su mandato todo era dictatorial, no hablemos de un mínimo ápice de transparencia.

A casi 30 años del último jefe del Departamento del Distrito Federal, no puedo evitar sentir que hemos vuelto al punto de partida, a la zona cero.

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Claudia Sheinbaum fue la primera mujer jefa de Gobierno electa por voto ciudadano, pero en la práctica responde únicamente a los intereses de su partido y de su Presidente. Una regenta moderna para los nuevos tiempos de la Ciudad de México.

Su incapacidad para administrar eficientemente la Ciudad de México se puede ver y palpar en prácticamente cualquier rubro que se quiera analizar.

Claudia ha sido incompetente en el manejo de las crisis que se han presentado en su administración. Se ha dedicado a ocultar información y a presentar una realidad que contrasta con la verdad.

Ella presume que vivimos en una ciudad innovadora y de derechos, pero fue la primera en negar el derecho del acceso a la información con el sabotaje a las actas de defunción del registro civil para ocultar las verdaderas muertes ocasionadas por su pésima gestión de la pandemia por covid-19.

Ahora se niega a transparentar la información sobre el accidente de la Línea 12 del Metro. Se nos da información propagandística a cuentagotas de sus peritajes, mientras que la verdad se tiene que buscar en otro lugar, que no sea el gobierno.

Sheinbaum no tiene manera de enfrentar la crisis que su administración está viviendo, se ha vuelto incapaz de dar respuestas y cualquier cuestionamiento —de medios o la oposición—la irrita. Por ello se ha ido a escudar en Palacio Nacional, en donde le han enseñado la clásica versión “yo tengo otros datos” sobre la tragedia del Metro. Agravia y humilla a los afectados, pero, sobre todo, se humilla a sí misma.

Tener una regente y no una jefa de Gobierno tiene connotaciones negativas y dañinas para la ciudad y sus habitantes. Ya antes la había llamado una regenta por su comportamiento tiránico y despótico centralismo presupuestal, como en el priato de antaño. Por sus informes de gobierno que son más un monólogo para quien esté dispuesto a escucharla.

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Pero ahora se gana el mote de regenta por la falta de estatura política, dejando de lado su tiranía o desprecio por la democracia. Regresa la CDMX al Distrito Federal de aquellos tiempos lejanos. Restaura la figura de quien está en el puesto sólo para recibir órdenes y ejecutarlas. Una regenta en los tiempos de la democracia y la transparencia.


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