AMLO, revocación y despeje (de dudas)

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Con mi solidaridad a Azucena Uresti y al periodismo amenazado

El régimen presidencial no está hecho para interrumpir gobiernos. Los presidentes, a diferencia de los primeros ministros, son electos para un periodo de tiempo fijo, no máximo, y la revocación de mandato presupone una cuidadosa reingeniería constitucional y legal. En el parlamentarismo existe el voto de censura, la disolución del Parlamento y la convocatoria a elecciones anticipadas. En el presidencialismo mexicano, que ha tenido que recibir parches parlamentarios para paliar su disfuncionalidad, solo se prevé una alambicada sustitución del presidente por “falta absoluta”.

¿Por qué está empecinado el presidente López Obrador en ir a la revocación? Aunque su riesgo de perder sea mínimo el costo político parecería ser muy alto, por lo que un ejercicio de valor esperado llevaría a rechazar la consulta. Tendría sus ventajas hacerla, sin duda: movilizaría a su base electoral —adormecida en la votación del 1 de agosto— y podría refrendar su legitimidad en la recta final del sexenio y debilitar a la oposición de cara al 2024. Pero creo que es algo más lo que inclina la balanza: para AMLO esa pérdida no sería tan costosa. De sufrirla —lo cual, por cierto, ocurriría después de haber echado los cimientos de la 4T— buscaría pasar a la historia como víctima de un golpe de Estado, y eso para él, aunque indeseable, es paradójicamente valioso.

Si analizamos sin matices la postura de AMLO nos vamos a equivocar. No es solamente un político calculador y maquiavélico, como tampoco es exclusivamente un luchador social apasionado y rencoroso. Es todo eso y más, abigarrado en una personalidad compleja y contradictoria. Cierto, en casi todas sus decisiones impera el cálculo electoral, pero a menudo le gana su temperamento guerrero y romántico: recurre diariamente al ataque a sus contrincantes (los populistas en el poder sienten que si dejan de pelear reblandecen su voto duro) y a la victimización. De hecho, satanizar a la clase media y retar a sus opositores a unirse para vencerlo trasciende la racionalidad: reverberan ahí ecos inconscientes de lo que Isaiah Berlin llama la nobleza de la derrota, compaginada con la deshonrosa victoria del revolucionario que acepta la globalidad capitalista. ¿O de dónde creen que viene su prisa por hacer sus reformas?

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AMLO pugnará por la revocación de mandato en 2022 porque le conviene y porque trocaría el remoto escenario de perder en un acto de contrición por su pragmatismo. Dejaría de hacerle el trabajo sucio en materia migratoria a Estados Unidos, por ejemplo, y de contemporizar con los “machuchones”. La objeción de la no retroactividad de la ley le es irrelevante (nunca le molestó la extensión de la gubernatura de Baja California). Está seguro de ganar, pero no le resultaría inaceptable que “los conservadores” lo derrocaran en uso —y abuso, diría— del instrumento democrático que él mismo creó; dejaría su base movilizada y saldría, entre barruntos de ingobernabilidad, con los blasones de sus héroes. Por eso tiene muy claro lo que quiere hacer. Y también por eso, y porque se trata de una coyuntura distinta a la elección intermedia, la oposición debería despejar dudas y negarse a hacerle el juego.

 


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