La Parodia Legislativa de San Lázaro

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Cuando una o ambas partes se niegan a hacer política, la única válvula de escape es la tribuna

Después de la aprobación de alguna propuesta, difícilmente hay algo que se goce más como legislador que ganar un debate parlamentario. La concreción de una modificación legal enaltece la labor legislativa, pues se incide de manera directa en la transformación de la realidad dotando a los gobiernos de nuevas y mejores herramientas para el ejercicio de la función pública, dar resultados y generar bien común. Desde la labor intangible del Congreso, nada puede dar más satisfacción que saberse actor, y no sólo espectador, del cambio y de la transformación de algo que lacera a los mexicanos.

De ahí que el instrumento jurídico por excelencia para ser ese actor sea el Presupuesto. Al interior de un mismo partido –y muchas veces en el interior de un mismo Estado– existen realidades y visiones distintas de prioridades y necesidades dentro de los integrantes de un mismo grupo parlamentario. Es común, y sano, que en varios temas los legisladores se organicen por temas y no por bancadas, para sacar adelante la agenda y necesidades de sus representados.

Imagine a legisladores del mismo partido originarios de Guerrero; los de Chilpancingo y los de Acapulco tratarán de incidir en obtener recursos para obras hidráulicas y para mejorar la infraestructura de sus municipios, mientras que otras zonas del Estado pondrán énfasis en los programas sociales de apoyos de fertilizante, combate a la pobreza extrema, caminos rurales y fondos para proyectos productivos del campo.

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El debate parlamentario, por mucho que apasione y reconforte a los legisladores, no es sino un reconocimiento implícito de la incapacidad de al menos una de las partes –a veces ambas– para poder dialogar y encontrar coincidencias a través del ejercicio de la política. Cuando una o ambas partes se cierran a escuchar, se cierran a dialogar, se cierran a tratar de entender el punto de vista ajeno, y se niegan a hacer política, la única válvula de salida al conflicto es la tribuna.

En un Parlamento profesional, hasta esos momentos se pactan, garantizando el orden y el respeto a todos los oradores, así como la calidad del debate y el debido respeto a los ordenamientos del congreso, pues solo así es posible mantener el orden y se garantiza que ambas partes tendrán equidad y la misma oportunidad para comunicar y trasmitir su postura a los electores. Ese acuerdo no denigra a ninguna de las partes, por el contrario, enaltece la labor legislativa, pues ayuda a las coordinaciones de las bancadas a la conducción del mismo, y a la Mesa Directiva al desahogo civilizado y respetuoso del desencuentro legislativo.

Desafortunadamente, la reciente aprobación del Presupuesto de Egresos del 2022 fue todo menos eso. Tal pareciera que el debate parlamentario ha sido reemplazado por el insulto procaz ad hominem y por las improvisaciones histriónicas. El debate y la labor del legislador se han desvirtuado a tal grado, que pareciera que no se busca comunicar ideas, conceptos, argumentos, sino que el mensaje se vuelve parte de un repertorio de trucos legislativos burdos, que van desde la pancarta que reza “Culera”, a los diversos reclamos de la oposición, incluyendo la exhibición de una “Vaquita Marina”.

El resultado de dichas medidas es la comunicación política –que no parlamentaria– del mensaje. En efecto, con esas herramientas se logra vencer el cerco que la miríada de mensajes representa, pues los medios suelen hacer de esos trucos “la nota”, por encima de las palabras y argumentos del orador. En estos tiempos modernos los grupos parlamentarios deben encontrar un justo medio entre ambas herramientas, la del lenguaje y los argumentos; así como con los elementos que ayudan a la transmisión del mensaje político, pero sin llegar al absurdo del show soez como una herramienta.

Ese fue el exceso de los últimos días en San Lázaro. Con 1994 reservas al Presupuesto, que tomaron varios días de discusión, lo único que quedó claro es que no se hizo política; que ni el Gobierno ni su partido estuvieron dispuestos a escuchar otros puntos de vista. Se equivocó la oposición con tantas reservas que diluyen por su cuantía su propio mensaje; tal pareciera que lo importante para ellos sólo era subir a la tribuna para tener sus minutos de pelea contra las sandeces y vilezas presupuestales de Morena.

Menos reservas, mejor comunicadas y usando esas herramientas como lo hicieron los diputados Jorge Triana y Éctor Jaime, pactadas entre PRI, PAN y PRD; quizá hubiesen sido mejores herramientas legislativas y políticas para evidenciar las fallas del Presupuesto. Así hubiesen contrastado aún más con las patéticas muestras de servilismo y estulticia de la Dip. Patricia Armendáriz, el amplío uso del lenguaje de la Dip. Marisol Gasé, el estiércol proferido por Fernández Noroña o la infame calavera de la Dip. Salma Luévano.

Tan patético fue el espectáculo y el nivel del debate en San Lázaro, que hasta pastel y piñata se rompió en el Pleno, para conmemorar el cumpleaños del Presidente, herejía parlamentaria tan servil, zalamera y denigrante que ni en los días de mayor abyección legislativa del PRI se vio algo similar. Pobre México, rehén de una mayoría legislativa artificial de bufones, merolicos, mascotas legislativas y fanáticos de una transformación en reversa.


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