Evangelio de Jesús de Macuspana

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Por: Juan Ignacio Zavala

En aquel entonces el Señor bajó de su Suburban y dijo: “En verdad os digo que no quedará piedra sobre piedra del templo neoliberal. La noche ha terminado y bienaventurados serán los que votaron por Morena y nadie más. Arderán en los infiernos lo conservadores del sanedrín y los demás fariseos y perros contrarrevolucionarios. Porque yo soy el camino y soy la luz, seguidme a mi humilde morada que es ni más ni menos que el Palacio del que expulsé al prianista de Herodes”. La multitud seguía al Señor de aquí para allá. Contaba con miles de seguidores y destacaba el grupo de los más devotos que se conocían como “los chairos”, que estaban dispuestos a hacer lo que fuera por defender a su Señor y Maestro. No había pirueta, truco, humillación de la que no fueran capaces por salir a defender al Mesías de Macuspana. Eran violentos y las palabras de su guía los enardecían en todo momento. Pero, más allá de ellos, estaban las multitudes que esperaban los milagros del que se decía enviado del cielo. Fueron muchos los sucesos históricos.

En aquellos días el Maestro se presentó en la sede de los comerciantes y los fustigó de manera implacable: ¿Qué han hecho con la casa de mi padre?, los increpó. Los comerciantes como siempre no entendieron lo que decía aquel hombre con túnica a quien no dudaban en calificar de desequilibrado mental. También, como siempre, levantaron sus bolsas de dinero que era lo que más les interesaba y quedarse a salvo de ser aprehendidos por los guardias del aclamado como ídolo popular. Pero apenas corrían con sus ganancias, “el Alabado” la emprendió contra sus establecimientos al grito de: “¡Raza de víboras, sepulcros blanqueados, malditos por el resto de los tiempos! ¡En verdad os digo que Bartlett es un niño de pecho comparado conmigo y recibirán su castigo con lluvia de fuego, HDSPM. Ni la Coparmex los va a salvar!”

Los electores estaban felices con la llegada del Mesías. El odio pululaba por todos lados, mientras se invertía la historia y literalmente se crucificaba en el Palacio a cualquiera que hubiera estado, aunque fuera de visita, en la Sodoma neoliberal. La justicia había llegado y era la hora del castigo. Pagarían sus culpas quienes habían traicionado al pueblo. ¡Crucifícalos!, era el grito de moda en aquel entonces. “Es de que… yo no quiero el odio, el amor habita en mi corazón”, decía para encender más el clamor popular, mientras enseñaba el pliego del infiel azotado y sangrante por su guardia popular. ¡Ni madres –contestaban a gritos sus seguidores–, ALV, crucifícalo ya! Esto pasaba todos los días, insaciables los seguidores como implacable la justicia que venía del cielo.

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Cuando llegó la multiplicación de los panes y de los peces, el llamado Hijo del Hombre dijo: “En verdad os digo que es de queeeee… no hay panes ni peces, porque se los llevaron los corruptos. O sea, no hay nada que multiplicar a parte porque no sé multiplicar, llego a la tabla del dos. Pero vamos a expropiar las empresas y de ahí todos van a tener mucho que comer y la riqueza será para todos”. Y todos tomaron las empresas y no quedó riqueza que repartir, pero no importaba porque se regalaban denarios y las crucifixiones ya eran masivas.

El templo, en efecto, fue destruido y no quedó piedra sobre piedra de nada. Se cambió el viejo testamento por uno nuevo, y la palabra del Señor era el alimento de todos y la recompensa el extermino de los señalados. No padeció, ni fue sepultado y se reeligió al sexto año.


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