El azaroso camino del desarrollo

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Si los congresistas norteamericanos autorizan al presidente Obama la vía rápida legislativa para la aprobación de las negociaciones comerciales, habrán abierto la compuerta que bloqueaba el camino hacia el Tratado Transpacífico (TPP), una de las metas políticas más ansiadas en la agenda del presidente norteamericano. Además de propiciar el que se conforme el inmenso espacio económico del TPP, también puede significar la redefinición del futuro del comercio mundial.

Y todo ello con sus 12 miembros y sus 800 millones de habitantes, que suman el 40% del PIB y del comercio mundial, dentro del que se acomodarían nuestras exportaciones.

De no aprobar el Congreso norteamericano dar la facilidad solicitada por el Ejecutivo, es probable que los intercambios seguirán regidos por el modelo actual de acuerdos bilaterales y regionales. Se habrá frenado el sueño de grandes espacios, libres de trabas de todo tipo.

Si el tema es complejo en cuanto a lo político, lo es aun más si al TPP se le quiere ver como instrumento de desarrollo. Su formalización no asegura, sin embargo, el paso hacia un nuevo mundo de intercambios económicos ni eficientes ni justos. Ni es éste su objetivo. El gigantesco espacio de comercio libre de aranceles y reglamentos administrativos es un tiro en la oscuridad, que tiene por fin central  buscar seguridad en los negocios, independientemente del bienestar social que de éstos pueda desprenderse. Las desgastadas hegemonías que hasta ahora han articulado las fuerzas internacionales ahora están llamadas a incorporarse al proceso globalizador de nuestro siglo.

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De no cambiarse sustancialmente las reglas, los acuerdos bilaterales y regionales, junto con sus cláusulas de nación más favorecida, simplemente se convertirán en las piezas con las que se armen espacios más grandes, pero sin que se remedien los rezagos a que hemos llegado aplicando fórmulas ya caducas.

El TLCAN, por ejemplo, firmado en 1994, es un acuerdo de “primera generación” limitado a cuestiones comerciales, que no ha resuelto cuestiones como el desempleo, la migración masiva, ni la productividad en los negocios. Ha dejado bien clara su ineficiencia como motor de crecimiento.         

Aunque desde aquel año el aumento del promedio de las exportaciones mexicanas ha sido más del 10% anual, el déficit comercial creció para llegar hasta 139 mil millones de dólares en 2014. El crecimiento del PIB no ha sido siquiera del 3% anual, netamente insuficiente para un crecimiento sólido. La dependencia alimentaria de México se ha incrementado en los últimos años con un déficit agroalimentario, que aumentó de 2.5 a 4.0 millones de dólares anuales. La participación del trinomio TLC en el comercio mundial bajó de 19% en el 2000 a sólo 13% hoy día, mientras que México bajó en 15% su participación en el PIB mundial y 20% el TLCAN como región.

La inversión extranjera directa, que en algunos años ha llegado a ser de 25 mil millones de dólares, no se ha vinculado a la producción industrial, sino se ha dirigido principalmente a sostener a miles de maquiladoras, lo que explica el bajo crecimiento del PIB. Una buena parte de las inversiones norteamericanas en México, más de 91,400 USD en 2013, se ha ido a industrias de mero ensamble, como la automotriz. Entre 1993 y 2013 la composición extranjera de las exportaciones mexicanas ha crecido del 73% al 75 por ciento.

El proyectado Tratado Transpacífico, que incluye a 12 países y en el que Estados Unidos cifra buena parte de su estrategia para contrarrestar la hegemonía china en el mundo, plantea serias implicaciones para la autonomía de nuestro desarrollo. La responsabilidad de nuestros legisladores y organizaciones empresariales frente a la comunidad nacional es seria, y requiere una profunda atención, y no como las preprogramadas consultas senatoriales que autorizaron las entradas de México al GATT y al TLCAN.

Si los congresistas del país más desarrollado del mundo tienen muchas dudas respecto a los efectos del TPP, con cuanta mayor razón las debemos tener los países de economía “emergente” como México que, al incorporarse a ese esquema, diseñado a la conveniencia de nuestro socio más poderoso del TLC, significará confirmar nuestra dependencia.


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