martes, septiembre 15, 2026
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Devotos, elecciones y otros políticos non sanctos: Contrastes morenistas en dos Guerrero y Michoacán

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En la farándula de la política mexicana, donde las encuestas a veces parecen más brujería que ciencia, Morena acaba de darnos un show de dos actos bien distintos. En Michoacán y Guerrero nombraron a sus coordinadores de la defensa de la transformación, esos personajes que, digámoslo claro, ya se perfilan como los virtuales candidatos a las gubernaturas de 2027. Y vaya que salieron a relucir los temperamentos.

En tierra purépecha, el senador Raúl Morón, ese profesor de larga trayectoria que ya sabe lo que es que le tumben una candidatura, aceptó el resultado sin hacer un drama de telenovela. Reconoció a Carlos Torres Piña, el exfiscal cercano al gobernador Alfredo Ramírez Bedolla, como el ganador de las encuestas. Sin pataleos, sin lloriqueos de “me la debían”. Un gesto de madurez que, en estos tiempos de egos inflados, se agradece. Porque en Michoacán el partido guinda ya tiene un reto de a tiro: retener la gubernatura ante el PAN y ese Movimiento del Sombrero que dejó el asesinado Carlos Manzo, con la posibilidad de que se arme una alianza opositora que les quite el sueño. Ahí no hay espacio para divisiones internas si quieren llegar vivos a 2027.

Pero en Guerrero la cosa se puso picosa. La exalcaldesa de Acapulco, Abelina López, no tragó el resultado que favoreció a Beatriz Mojica. Calificó la encuesta de “encuesta de papel” y aseguró que ella sí tiene el apoyo del pueblo. Sus seguidores, en un acto digno de porra de estadio, coreaban aquello de “¡Es un honor estar con Abe hoy!”. Como si la popularidad se midiera a gritos y no a sondeos. Trae pueblo, dice, y hasta reta a que marchen con cien mil. Bien por el ánimo, pero ojo: en un estado donde la violencia y la inseguridad ya son un fantasma permanente, y donde el partido corre el riesgo de partirse en la campaña, ese descontento puede convertirse en un boquete difícil de tapar.

Ahí está el contraste. Mientras en Michoacán prevaleció la disciplina (o al menos la resignación civilizada), en Guerrero afloró el “yo y mis bases”. La transformación se defiende, sí, pero también se pone a prueba cuando los propios se pelean por el micrófono. Veremos si el partido logra unir lo que ya se ve rajado, o si estos contrastes terminan cobrando factura en las urnas. Porque el pueblo, ese que tanto se invoca, al final vota con la memoria y no solo con las porras.

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