domingo, agosto 23, 2026
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Cuando el poder borra las denuncias

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El acceso al poder transforma el discurso de muchos actores políticos. En el caso de militantes de Morena que asumen cargos de gobierno, se observa con frecuencia un contraste entre su etapa de oposición —marcada por denuncias diarias de irregularidades, corrupción y delitos— y su gestión posterior, en la que minimizan problemas o los describen con un tono que algunos analistas califican de optimismo excesivo. Este fenómeno no es exclusivo de un partido, pero adquiere particular relevancia en el contexto actual por la cantidad de posiciones de gobierno ocupadas por esa fuerza política.

Un ejemplo citado con frecuencia es el de Rocío Nahle, gobernadora de Veracruz desde diciembre de 2024. Durante su trayectoria previa como legisladora y secretaria de Energía, Nahle se caracterizó por cuestionar de manera constante las administraciones anteriores, especialmente en temas de corrupción, opacidad y manejo de recursos públicos. Sin embargo, una vez al frente del gobierno estatal, sus declaraciones han generado debate. En diversos momentos ha afirmado que Veracruz se mantiene en paz, que las carreteras están abiertas y que los reportes de seguridad son positivos, incluso ante reportes de violencia, extorsiones o hallazgos de cuerpos. En el caso de un derrame de hidrocarburo que afectó cientos de kilómetros de costa, minimizó la magnitud del evento, mientras que reportes independientes hablaban de cientos de toneladas derramadas y afectaciones a comunidades pesqueras y turísticas. Ante denuncias de retenes extorsivos o cobros de piso en penales, ha respondido que no está enterada o que se trata de campañas de calumnia.

Esta postura ha sido interpretada de distintas maneras. Desde la oposición y sectores críticos en redes sociales se sostiene que Nahle, al igual que otros gobernantes de su partido, prioriza la construcción de una narrativa de éxito sobre la atención pública a problemas estructurales. Se argumenta que la minimización de la inseguridad —pese a datos de percepción ciudadana del INEGI que muestran aumentos en algunas ciudades veracruzanas y reportes de masacres o desapariciones— responde a una estrategia de protección política. Críticos señalan que frases como “todo está bien” o “no hay código rojo” contrastan con la realidad que viven transportistas, periodistas y habitantes de zonas de alta incidencia delictiva.

Por otro lado, defensores de la gestión argumentan que Nahle heredó un rezago profundo de administraciones previas, incluyendo la de su correligionario Cuitláhuac García, y que ha implementado acciones concretas: reducción de deuda pública, eliminación de ciertas prácticas de extorsión vehicular y coordinación con fuerzas federales. Desde esta perspectiva, el discurso de la gobernadora busca evitar la generación de pánico y mantener la confianza ciudadana e inversionista, mientras se atienden los problemas de manera gradual. Señalan que las críticas forman parte de una oposición que no reconoce avances y que utiliza cualquier incidente para desgastar al gobierno.

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El caso Nahle se inscribe en un patrón más amplio observado en varios gobiernos estatales de Morena. Analistas políticos y usuarios de redes sociales documentan cómo figuras que en oposición exigían transparencia y combatían la impunidad, una vez en el poder tienden a descalificar las denuncias como “campañas mediáticas” o “politiquería”. Este cambio de discurso genera cuestionamientos sobre la responsabilidad de los gobernantes: si la crítica era legítima cuando se dirigía a adversarios, ¿por qué pierde validez cuando apunta hacia las propias administraciones? Algunos especialistas en transición política argumentan que se trata de un fenómeno clásico de adaptación al cargo, donde la lógica de la oposición (señalar fallas) choca con la lógica de gobierno (mostrar resultados y estabilidad). Otros lo atribuyen a una cultura partidista que privilegia la lealtad al proyecto por encima de la autocrítica.

En Veracruz, las tensiones se han expresado también en el terreno mediático y social. Pescadores, damnificados por inundaciones y colectivos de familiares de desaparecidos han expresado reclamos públicos. Al mismo tiempo, el gobierno estatal reporta disminuciones en ciertos indicadores delictivos y avances en infraestructura. La discrepancia entre cifras oficiales y percepción ciudadana alimenta el debate.

El análisis de estas dinámicas invita a una reflexión más amplia sobre la calidad de la representación política. Cuando los actores que llegaron al poder denunciando un sistema fallido terminan replicando mecanismos de negación o minimización, se erosiona la confianza pública. No se trata de exigir perfección, sino de observar si el ejercicio del gobierno mantiene la coherencia con los principios que justificaron la llegada al cargo. En un sistema democrático, la responsabilidad de los gobernantes incluye tanto la rendición de cuentas como la capacidad de reconocer problemas sin que ello se interprete automáticamente como debilidad política.

El fenómeno observado en Nahle y otros casos similares no es exclusivo de México ni de un partido. Sin embargo, su reiteración genera polémica legítima sobre si el acceso al poder termina por diluir las demandas de transformación que originalmente movilizaron el apoyo ciudadano. El debate continúa abierto entre quienes ven en estas posturas una defensa necesaria de la gobernabilidad y quienes las interpretan como una traición a las expectativas generadas.

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