El coordinador de los diputados de Morena, Ricardo Monreal Ávila, respondió a las declaraciones del vicepresidente de Estados Unidos, JD Vance, sobre una posible intervención militar en México afirmando que «no creo que se atrevan a invadir a México militarmente. Tenemos una Constitución y tenemos un Himno Nacional. No creo que haya mexicano bien nacido que acepte que la invasión militar sea una alternativa».
La frase, pronunciada con la solemnidad de quien cree haber dicho algo profundo, es en realidad un ejemplo notable de retórica vacía que merece análisis riguroso, no por lo que dice, sino por lo que revela acerca del nivel del debate político mexicano ante una amenaza que sí tiene sustancia.
El contexto que Monreal ignoró
El vicepresidente Vance declaró que su gobierno prioriza la coordinación con México, pero no descartó la posibilidad de tomar «medidas militares» para combatir a los cárteles, señalando que «tenemos que reservarnos ese derecho». Ante la pregunta directa de si respetaría la postura mexicana de no permitir operaciones militares en su territorio, Vance no respondió de manera directa y reiteró que la prioridad es garantizar la seguridad de los ciudadanos estadounidenses.
No es una amenaza abstracta. Es una postura oficial del segundo funcionario más poderoso del mundo, expresada en términos inequívocos. Responderle con la mención de un himno y una constitución no es diplomacia: es entretenimiento político.
El precedente que el legislador omitió
El argumento de Monreal choca con un hecho reciente de proporciones históricas. El 3 de enero de 2026, la DEA ejecutó la operación «Determinación Absoluta» en Caracas: un operativo de 40 minutos que resultó en la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro y su traslado a Nueva York para enfrentar cargos federales. Aviones militares estadounidenses despegaron desde 20 bases en el hemisferio occidental, lanzaron ataques de precisión contra sistemas de defensa aérea venezolanos y proporcionaron cobertura para los helicópteros que transportaban al equipo de extracción.
Venezuela también tiene constitución. Venezuela también tiene himno. Venezuela también tiene militares y declaró el estado de excepción. Nada de eso detuvo la operación. El argumento de Monreal, puesto frente a este antecedente inmediato, no resiste el contraste de la realidad.
El problema de fondo
La declaración del legislador zacatecano no es un error aislado; es sintomática de una clase política que prefiere el consuelo simbólico al análisis estratégico. Invocar los símbolos patrios como escudo ante una amenaza geopolítica concreta no es patriotismo: es una forma de no decir nada que además suena tranquilizador.
Monreal calificó la respuesta de Sheinbaum ante las presiones de Washington como «admirable, prudente, sensata, serena», en lo que parece más un ejercicio de lealtad política que un análisis independiente. La presidenta, con toda la complejidad de la situación bilateral, al menos ha construido una postura articulada sobre soberanía y responsabilidad compartida. Monreal, en cambio, ofrece himno.
Lo que el debate requiere
México enfrenta una presión bilateral sin precedente en décadas. Washington ha formalizado la designación de cárteles como organizaciones terroristas extranjeras, lo que otorga a sus agencias facultades para perseguir activos globales y a quienes den «apoyo material» a estas organizaciones, incluidos funcionarios mexicanos. Eso exige respuestas legislativas sólidas, no lirismo patriótico.
Un Congreso responsable debería estar debatiendo cómo blindar jurídicamente la soberanía sin obstruir la cooperación necesaria, cómo reforzar las instituciones de seguridad con recursos y autonomía real, y cómo desmantelar los vínculos entre el poder político y el crimen organizado que precisamente alimentan el argumento estadounidense. En cambio, su coordinador habla de himnos.
La Constitución y el himno son pilares de la identidad nacional. No son política exterior. Confundirlos es, en el mejor caso, ingenuidad. En el peor, distracción deliberada.





























