El presidente Donald Trump reiteró desde la Cumbre del G7 en Francia que «México ha perdido el control de su país», que «los cárteles gobiernan México» y que la presidenta Claudia Sheinbaum, a quien describió como «una muy buena mujer», es sin embargo «una mujer asustada» frente al poder del crimen organizado. Las declaraciones no son nuevas en contenido, pero sí en contexto: llegan en un momento en que la agenda de Washington se reconfigura tras meses concentrada en otros frentes.
Un diagnóstico repetido, una estrategia en construcción
Desde el inicio de su segundo mandato, Trump ha sostenido una narrativa consistente sobre México. Sus pronunciamientos han vinculado el tráfico de drogas hacia Estados Unidos con la situación de seguridad en territorio mexicano, han incluido ofrecimientos de envío de tropas para combatir a los cárteles —propuestas rechazadas por el gobierno mexicano— y han coincidido con la designación formal de los cárteles como organizaciones terroristas extranjeras.
Esa designación otorga a las agencias estadounidenses facultades más amplias para identificar y perseguir activos financieros y operativos de los cárteles a nivel global, y abre la puerta para perseguir a quienes den «apoyo material» a estas organizaciones, lo que en la práctica incluye funcionarios mexicanos. De acuerdo con el New York Times, Trump habría ordenado a fiscales federales intensificar acusaciones contra funcionarios mexicanos presuntamente vinculados con el narcotráfico, instruyendo además que estos casos puedan ser perseguidos bajo leyes antiterroristas, en un cambio de estrategia que casi con certeza aumentará la tensión bilateral.
La respuesta de Sheinbaum: firmeza y evasión simultáneas
La presidenta Sheinbaum respondió que Trump «no está bien informado» y que «no hay que engancharse en cada declaración», al tiempo que reiteró que «el Estado mexicano existe». Giró además el argumento: si Trump busca intensificar operativos terrestres contra el narco, bienvenido, pero que empiece por frenar el flujo de armas desde Estados Unidos hacia México, señalando el decomiso de un arsenal de procedencia estadounidense.
La postura de Sheinbaum mezcla dos recursos que la coloca en una posición incómoda: reconocer que existe un problema de seguridad real, mientras arguye que la narrativa trumpiana lo exagera para fines políticos propios. El punto polémico es evidente: si el Estado mexicano opera con eficacia, ¿por qué la estrategia del gobierno es no engancharse en lugar de refutar con cifras contundentes en el terreno, más allá de estadísticas de homicidios?
El factor geopolítico: el tiempo libre de Trump
El elemento que puede cambiar la ecuación es el reordenamiento de prioridades en Washington. Trump afirmó explícitamente que Cuba «también va a caer» después de Irán, y ha señalado que la presión sobre Cuba se intensificará una vez que otros frentes estén controlados. El régimen cubano enfrenta ya una presión sin precedente, con una crisis económica aguda que ha empujado reformas de liberalización aprobadas de urgencia por la Asamblea Nacional. Si Cuba se encamina a una transición, México podría convertirse en el siguiente foco prioritario de la presión estadounidense.
La acusación formal contra Rubén Rocha, gobernador con licencia de Sinaloa, y nueve políticos más es una muestra de que Washington está atacando por primera vez la estructura financiera y los vínculos políticos de los cárteles, un problema que en México ha tocado a todos los partidos.
Lo que está en juego
El debate de fondo no es si Trump está mal o bien informado. La pregunta que incomoda a ambos lados es si existe —o no— una complicidad sistémica entre sectores del poder político mexicano y el crimen organizado, y quién tiene la legitimidad para exigir responsabilidad al respecto. Washington argumenta que tiene el derecho de actuar cuando el problema cruza su frontera en forma de fentanilo y violencia. Ciudad de México responde que esa lógica justifica una intervención que viola la soberanía. Ninguno de los dos argumentos es falso. Y ninguno, por sí solo, resuelve nada.
La presión apenas empieza a acumularse. Lo que viene puede ser más difícil de esquivar con una frase.






























