Y nosotros los hombres… ¿qué?

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El asunto de la edad no es cuestión de matemáticas, sino de vida. No se trata de cumpleaños.

La semana anterior aproveché este privilegiado espacio para referirme, así haya sido a vuelo de pájaro pero con gran convicción personal, a la mujer madura en nuestro ámbito cultural, social y político. Las líneas así pergeñadas, me indujeron a una reflexión: y nosotros  los hombres… ¿qué?

En su paradigmático libro El hombre mediocre, José Ingenieros, filósofo, sociólogo y médico italo-argentino (nació en Palermo 1877 y murió en Buenos Aires en 1925), asentó sabiamente: “Vivir es aprender para ignorar menos; es amar para vincularnos a una parte mayor de humanidad; es admirar para compartir las excelencias de la naturaleza y de los hombres; es un esfuerzo por mejorarse, un incesante afán de elevación hacia ideales definidos”.

En este libro, Ingenieros estudió la naturaleza del hombre mediante simple oposición de dos clases de personalidades: la del mediocre y la del idealista, con el análisis de las características morales de cada uno y los roles que han adoptado en la historia, la sociedad y la cultura.

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Características, añadiría yo parafraseando al talentoso ensayista español José Ortega y Gasset (1883-1955), en su obra La idea de la generación (1923), que el asunto de la edad no es cuestión de matemáticas, sino de vida.

No se trata de cumpleaños, sino del modo de vivir y ser útil a nuestro entorno social: aldeano o universal. Vuelvo a Constantino Kavafis en su Viaje a Ítaca: se trata de qué aprendemos en el trayecto.

¿Qué pues, con nuestros hombres maduros?

Es de suponer que arriban a la madurez con una personalidad enriquecida en lo social, en lo espiritual y aun en lo emocional. Con convicciones. Pero en la necesaria cohesión de estos valores suele haber un déficit peligroso: la impreparación o la inactividad intelectual que desemboca en desequilibrios y frustraciones, que a su vez conducen a la exclusión social.

Dicho sea de paso, esta fue una de las preocupaciones que nos llevó a pensar y hacer realidad en 2008 la Universidad de la Tercera Edad, en la delegación Benito Juárez, entonces bajo mi responsabilidad.

Es cierto que la naturaleza preparó mejor a las mujeres para ser madres y esposas, que a los hombres para ser padres y maridos.

Los hombres “tienen que improvisar”, definió Theodor Reik, sicoanalista austriaco discípulo de Sigmund Freud; pero no hay que perder de vista que para hombres y mujeres los 50-60 constituyen la etapa clave para la consolidación de la familia.

Etimológicamente madurez proviene del latín maturum; se refiere al fruto que ha llegado a un punto de su desarrollo que se puede y se debe aprovechar. Además, madurar implica un proceso que culmina en un fin.

Todo ser humano debe vivir en su edad, pero no detenerse en su edad, porque sigue madurando hasta la muerte; es en este propósito cuando el hombre asume a plenitud el sentido de su existencia: la sabiduría. Y esto lo distingue de los animales.

Según diversos autores, el hombre maduro combina la autoestima con el conocimiento de sus propias limitaciones.

Es, reiteramos, responsable, enfrenta los problemas porque tiene confianza en sí mismo. Tiene un proyecto de vida coherente, sabe lo que quiere, montado en la experiencia adquirida en el curso de su vida. Equilibra la razón y la emoción. Ante decisiones críticas, toma la distancia necesaria para ser objetivo y obrar con autonomía, aunque también se compromete y actúa.

Pero, sobre todo, tiene rumbo. Volvamos a José Ingenieros: “Los hombres y pueblos en decadencia viven acordándose de dónde vienen; los hombres geniales y pueblos fuertes sólo necesitan saber a dónde van”.

En pocas palabras, cualquier sociedad debe aprovechar la madurez de sus hombres, para fundar su progreso sobre los pilares de la experiencia y la mesura.

¿Estamos nosotros en este escenario?


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