Turquía, la muerte es de todos

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El ataque a la marcha por la paz en Ankara obliga a la mayor de las condenas a un acto terrorista, orientado a imponer miedo sobre la conciliación necesaria en una sociedad polarizada.

También, merece una reflexión profunda sobre los nuevos riesgos enfrentados por los estados. No sólo en cuanto a la dinámicas internas prevalecidas en ellos, sino a las condiciones externas donde redes terroristas transnacionales, representan una permanente amenaza al bienestar y estabilidad de la comunidad internacional.

El mundo contemporáneo enfrenta el reto de diseñar e instrumentar instituciones más eficaces. Canales formales que generen mejor representatividad de la pluralidad política en la toma de decisiones, inclusividad en el desarrollo económico de los distintos grupos sociales, así como una oportuna resolución de conflictos entre legítimos intereses divergentes. El entorno institucional debe privilegiar el diálogo democrático y políticas públicas de concertación, como método para cerrar el camino a la violencia.

La reprobable explosión de dos bombas, en la antesala de una marcha convocada para atenuar las tensiones entre el gobierno turco y el Partido de los Trabajadores del Kurdistán, muestra la importancia del escalamiento de capacidades de inteligencia y del Estado de derecho de los gobiernos, siempre con pleno respeto a los derechos humanos de la comunidad. Tan no hay alternativa en el combate frontal al terrorismo, que la propia oposición turca acusa a su gobierno de facilitar el atentado por la ausencia de una política férrea en contra del extremismo islámico.

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Es impensable la prevención de la violencia y el terrorismo si no se cuenta con los instrumentos institucionales para perseguirlos con toda determinación. Muchas vidas pueden ser salvadas, si a la par de condiciones favorecedoras de desarrollo y deliberación colectiva, existe un sistema de justicia capaz de desarticular redes criminales, inhabilitar su acceso a recursos financieros e insumos peligrosos, así como detectar a tiempo sus patrones de reclutamiento ya sea por organizaciones movilizadas a partir de cuestiones ideológicas o bien, incluso por afinidades de orden personal como se da en el caso de las redes sociales.

Llamativos son los ejemplos en años recientes, en los que el terrorismo es producto de personas o grupos originarios de la misma nación donde se planean y ejecutan. Sin embargo, en un mundo interconectado, el terrorismo transnacional es una grave amenaza común al orden internacional. De ahí la relevancia de favorecer los intercambios de inteligencia y la cooperación multilateral, para imponer la institucionalidad sobre la barbarie. Instancias como el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, entre otros foros regionales, debieran asumir una mayor proactividad en el ensanchamiento de la coordinación entre países.

Cada uno de los 97 fallecidos son nuestros al haber aspirado a un mundo en paz, al tiempo que cada organización terrorista —más allá de su nombre— es un factor que pone en riesgo la seguridad de todos. Hoy debemos refrendar nuestra convicción con los valores democráticos, la dignidad de la persona así como con nuestro compromiso con la convivencia pacífica. La mejor solidaridad será emprender desde nuestro ámbito nacional, toda acción que reduzca espacios al terrorismo.


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