El 10 de mayo, Día de las Madres, la presidenta Claudia Sheinbaum soltó desde Cajeme, Sonora, una frase que retumbó: “Se acabó la violencia contra las mujeres”. Lo dijo con convicción, celebrando a las mamás, repartiendo tarjetas de la Pensión Mujeres Bienestar y mandando al machismo al museo de las barbaridades del pasado.
Mientras tanto, en Salamanca, Guanajuato, balearon a Patricia Acosta Rangel y a su hija Katia Citlalli Jáuregui Acosta. Dos buscadoras, madre e hija, asesinadas justo en vísperas del festejo. Ellas no recibieron flores ni “feliz día”, sino plomazos por seguir buscando a sus desaparecidos. La ironía duele más que un puñetazo.
Las cifras oficiales del gobierno presumen bajas en feminicidios y homicidios dolosos. Reportes del Secretariado Ejecutivo hablan de disminuciones porcentuales. Pero los colectivos feministas y las madres buscadoras gritan otra cosa: siguen cayendo mujeres, siguen desapareciendo hijas y la impunidad sigue siendo la reina del baile.
Uno puede entender el entusiasmo gubernamental por los programas sociales y el discurso de empoderamiento. Sheinbaum, como científica y primera presidenta, representa un avance simbólico enorme. Nadie le quita eso. Pero declarar que “se acabó” la violencia mientras las balas siguen hablando en Guanajuato suena a wishful thinking de manual. Es como gritar “ya no hay hambre” mientras la gente sigue haciendo fila en los bancos de alimentos.
Los opositores y activistas lo ven como desconexión. El gobierno lo defiende como narrativa de cambio profundo que necesita tiempo. La realidad, cabrona como siempre, está en medio: ha habido mejoras en algunas estadísticas, pero la herida sigue abierta, sangrando y doliendo en miles de hogares mexicanos.
Decir “se acabó” es aspiracional, sí. Pero cuando las madres buscadoras entierran a sus propias hijas el Día de las Madres, esa aspiración se siente como una cachetada. Ojalá el “se acabó” se traduzca pronto en resultados que no necesiten comunicados ni actos protocolarios. Mientras, las mexicanas seguimos contando las que faltan.
























