¿Qué aprendimos?

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Las declaraciones de altos representantes de organismos internacionales y de gobiernos con las economías más avanzadas del planeta son unánimes: la variante ómicron, detectada en Sudáfrica hace unos cuantos días, impone riesgos potenciales muy severos a la salud de la humanidad. Ello porque una primera evidencia en el análisis científico de esta mutación sugiere mayor capacidad de contagio en comparación con las primeras variantes, así como despierta cuestionamientos sobre la efectividad de las vacunas en evitar que quienes la contraigan, progresen inevitablemente hacia una enfermedad grave o incluso la muerte.

En el siguiente par de semanas, la comunidad científica habrá de dar cauce a gran parte de la incertidumbre generada por esta última alerta sanitaria, misma que fue activada con toda responsabilidad y oportunidad por las autoridades sudafricanas. Mientras tanto, la identificación de los riesgos asociados a ómicron es un recordatorio a todos de que la epidemia no sólo está en una fase lejana a su conclusión, sino que cabe la posibilidad real de desembocar en aún peores escenarios a partir de nuevas y más peligrosas mutaciones.

Situación que, en gran medida, representa un golpe al optimismo colectivo de encontrarnos como humanidad en un regreso cierto a la normalidad, después de meses complejos en los que acabamos lamentando la sensible pérdida de más de 5 millones 200 mil vidas humanas, y la enfermedad de casi 261 millones de personas en todo el mundo —de apegarnos a las estimaciones públicas de la Organización Mundial de la Salud—.

Sin embargo, las primeras acciones asumidas ante el descubrimiento de ómicron dejan ver que un número importante de gobiernos e instancias multilaterales aprendieron las lecciones para proteger la vida de las personas. Recordemos que una de las principales críticas de la comunidad científica en el origen de la pandemia fue la tardanza en la emisión de la alerta sanitaria, así como la falta de medidas contundentes por parte de autoridades públicas para identificar y contener cadenas de contagio. Factores que, a la postre, desbordaron la infraestructura hospitalaria y exponenciaron el impacto del covid-19 a lo largo de 2020.

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A diferencia de esa coyuntura, el hallazgo de Sudáfrica fue respondido con rápidos cierres de puentes aéreos en Japón, Israel y Marruecos; Australia retrasó la apertura parcial de fronteras a trabajadores cualificados y estudiantes internacionales, además de restringir la entrada a personas que estuvieron en las dos semanas previas en el sur del continente africano; mientras, una serie de países, entre los que se cuenta a Reino Unido, Portugal, Hong Kong, Dinamarca y Botsuana identificaron de inmediato los primeros contagios en sus territorios. Ello habla de protocolos e infraestructura que se encuentra en monitoreo permanente de la situación.

Si en lo multilateral los acuerdos se aceleraron, al menos al interior del Grupo de los Siete con el compromiso de subsanar la falta de distribución y aplicación de vacunas en varios países; a nivel local, la reacción responsable no se hizo esperar. Por ejemplo, Nueva York se declaró en “estado de emergencia”, con el fin de desplegar esfuerzos institucionales de manera anticipada y así reforzar el suministro de insumos al sistema hospitalario, de manera que estén mejor preparados ante un hipotético brote.

Al contrastar estas mejores prácticas de la comunidad internacional para mitigar riesgos sanitarios, con las declaraciones del subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, es que resulta pertinente preguntarnos qué hemos aprendido como país. Y la respuesta a esta interrogante preocupa, porque el epidemiólogo responsable de gestionar la pandemia ahonda la incertidumbre, al no explicar cómo acelerar la vacunación en los grupos poblacionales faltantes, cuáles serán las medidas para —ahora sí— identificar y cortar cadenas de contagio, qué medidas de prevención pueden tomar los centros escolares en este incipiente regreso a clases presenciales; así como la manera en que habrán de prepararse los hospitales. Todo pareciese quererse arreglar con un simple par de tuits. Por lo visto, los mexicanos estamos expuestos de nueva cuenta a la carencia de estrategia y a decisiones tomadas al margen del sentido común.

 


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