Perfume de mujer…

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En el curso de su vida, la mujer era propiedad de un hombre…

Por fortuna y con creces, aunque con mucho esfuerzo, las  mujeres maduras de hoy (cumpleañeras de los 40 y los 50) derrotaron la idea de que la vida, a esa edad, traía consigo más desventajas sociales que merecida recompensa para disfrutar los frutos de la experiencia, del raciocinio intelectual, del equilibrio emocional y, por qué no decirlo, de la sabiduría acumulada.

Debieron transcurrir siglos para que el hombre empezara a deshacerse de la perniciosa y atávica percepción de que el escenario vital para la mujer (señalada, incluso con desdén, como un ser humano dependiente), se restringía a la familia y el hogar. En el curso de su vida, la mujer era propiedad de un hombre: del padre en su niñez, del marido que la recibía en matrimonio de manos del padre. Y si enviudara, no había otro destino para ella que la soledad y el aislamiento.

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Un vistazo a la vida cotidiana nacional e internacional es suficiente para identificar a mujeres maduras y talentosas, convertidas en académicas, científicas e investigadoras de prestigio, jefas y secretarias de Estado; sobresalen en actividades políticas, sociales, laborales, culturales o religiosas. Y además se dan tiempo para acometer con entusiasmo otras tareas multifuncionales: son madres y esposas, jefas del hogar y, en muchos casos, el sostén de la familia.

Debo advertir que no tengo nada en contra de los hombres, y sí mucho a favor de las mujeres. Una especialista en el tema, Alejandra Céspedes (Rol de la mujer en la sociedad actual), no vacila en afirmar que está científicamente comprobado que la mujer usa más cerebro para almacenar y razonar información, mientras que el espacio cerebral del hombre para los mismos fines es sólo de la mitad. Las mujeres, dice Alejandra, tienen menos accidentes porque tienen un mejor sentido de la orientación, más reflejos y más velocidad para procesar información, por no hablar de que las mujeres tienen un gran gusto artístico, son más receptivas y sienten más que los hombres.

Por eso es de lamentar que, no obstante que nos encontramos ante una nueva generación de mujeres de entre 40-50 años, activas, autónomas y con alto potencial competitivo, todavía enfrentan serios problemas de discriminación, marginación y acoso, que se reflejan en desempleo, inequidad de oportunidades y casos preocupantes de violencia.

Este realista escenario respecto de las mujeres maduras, se presenta en toda sociedad moderna, particularmente en aquellas que, como la nuestra, todavía tienen achaques de machismo manifiesto. Y estas expresiones no dejan de ser preocupantes. Las tenemos presentes en un Distrito Federal con una predominancia de mujeres sobre hombres que llega casi al 53% según el censo de 2010. Las hay igualmente en la delegación Benito Juárez, con una predominancia paradigmática de las clases medias y en la que había, hace cuatro años, 385 mil 439 habitantes con una disparidad ya acentuada: 54.2% de mujeres y 45.8% de hombres. El 14.2% de mujeres del DF (alrededor de 1.2 millones) está en la edad madura.

Por encima de las corrientes que suelen confluir en los movimientos feministas, liberales, socialistas, radicales, ecologistas, defensores de la igualdad, organizados en torno a legítimas reivindicaciones y metas comunes, detengámonos en una sencilla y grave reflexión sobre la mujer. Veámosla recién nacida, niña, adolescente, mujer adulta dotada por la naturaleza de la fortaleza necesaria para sobrevivir y del don maravilloso y único de la procreación, que la hace madre.

Y mirémosla llegar a la madurez. Fortalecida, equipada, dispuesta a verter experiencia vital y a  no negarse un día más de oportunidad; empeñada en sentirse mejor, en descubrir razones para continuar, en probarse a sí misma su infinita capacidad de dar y aportar.

Como en el poema Viaje a Ítaca, de Constantino Cavafis (1863-1933), la veremos entonces sabia, colmada de aprendizaje. Luminosa confirmación del aserto de Víctor Hugo: “Los 40 son la vieja edad de la juventud”.


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