México necesita estadistas

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René Rémond, el historiador y politólogo francés, refiriéndose al general Charles de Gaulle, explicaba así sus cualidades más preciadas: “…osciló entre la aspiración a la unanimidad nacional y la obligación de ser el jefe de una fracción enfrentada a otra. Solos, sin duda, los políticos que tienen talla de hombre de Estado, conocen por cierto esta ambivalencia. Pero para el político común todo es simple, pues él no se plantea tantas interrogantes”. Esta es la gran diferencia entre un político a secas y un estadista.

En política, así como en la estrategia, existe un componente de ciencia, de aprendizaje, de experiencia amasada en el ejercicio de la misma, y hay otro, que es el que permite ver con nitidez en momentos de confusión e incertidumbre, los hechos en su real dimensión, se llama intuición. Poseerla es un don intangible del estratega excepcional. En política es indispensable para alcanzar el éxito. Fijarse una meta y diseñar la ruta para lograrla demanda perseverancia, voluntad de hierro, determinación para vencer y superar obstáculos, humildad e inteligencia para reconocer y remediar errores, don de gentes para convencer y sumar a favor del proyecto y carisma, rasgo esencial de la personalidad de un líder. La intuición –enfatizo- es clave para la victoria, es ese “olfato”, verbi gratia, que le permitió a Juárez saber que todo su éxodo coronaría con la reinstauración de la República, en aquella hora tan dolorosa para nuestro país en el siglo XIX. Un político se convierte en estadista cuando se anticipa a las debacles, cuando sin violar las normas jurídicas sabe negociar para evitar los conflictos y las convulsiones sociales, cuando proyecta a su pueblo la legitimidad que mantiene a los muchos descontentos en el marco de la legalidad, y, finalmente, acorde con la máxima weberiana, cuando vincula la “ética de los principios” con la “ética de las responsabilidades”.

El estadista es necesario para combatir la actuación deleznable de los políticos corruptos. El estadista mexicano se perdió en la vorágine de la corrupción que pudrió y tergiversó el concepto de que el poder es para servir, no para servirse, que detentar un cargo público no es cheque en blanco para hacer todas las sinvergüenzadas que les vengan en gana al amparo de la impunidad. Toda esta descomposición hizo que la política se conciba como sinónimo de incompetencia, de mediocridad, de petulancia y de caldo de cultivo ad hoc para el enriquecimiento ilícito. México necesita transformaciones de fondo, un sistema político diferente, pero construido con las aportaciones de todos, no con la visión parcial de quien estima que la verdad y la razón las trae inmersas en su persona. No es con insultos, con descalificaciones, con persecución, con  descalificación, con populismo trasnochado, con venganzas alimentadas en los rencores y en las frustraciones, con repartidero de culpas y negativa supina a asumir responsabilidad, con mentiras consuetudinarias, con consultas de si se aplica o no la ley, entre otras “lindezas”, como se va a solucionar el destino de nuestra patria.

Necesitamos un estadista conduciendo a nuestro país. Y esto demanda  visión de futuro, capacidad para deshacerse de ambiciones y obsesiones personales, y grandeza, sobre todo, mucha grandeza, para acordar lo que le conviene a México, sin importar que las ideas que generen ese concilio sean las de otros.  ¿Dónde está? ¿Dónde se encuentra?

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Otra equivocación como la del 2018 será demasiado para la República.


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