Se ha dicho muchas veces que los mexicanos llevamos un pequeño priísta dentro. La frase alude a hábitos arraigados en la vida pública y privada. Quienes dieron por extinguido al PRI quizá confundieron su declive electoral con la desaparición de su cultura política: el partido perdió poder y militantes, pero varias de sus prácticas reaparecen bajo otros colores.
El 29 de mayo de 2020 circuló en redes sociales un video de una reunión celebrada en febrero de ese año. Ante la Junta de Coordinación Política, Beatriz Paredes Rangel pidió mayor cooperación y advirtió contra el regreso de prácticas autoritarias.
Lo significativo de su intervención fue que identificó ese riesgo con el partido que gobernó el país durante más de siete décadas. Paredes habló de «la restauración del modo priísta de conducir el país» y concluyó con una advertencia incómoda: «Todos llevamos un pequeño priísta dentro».
El señalamiento cobraba relevancia precisamente por venir de una militante del PRI. Para amplios sectores de la sociedad, el tricolor quedó asociado al autoritarismo, la corrupción y el fraude electoral. Esa reputación explica, al menos en parte, la derrota de 2018; no obstante, su influencia persiste en otros partidos y en amplios sectores sociales.
Felipe Calderón también sostuvo en su momento que los panistas llevaban un pequeño priísta dentro. La observación apunta a un problema más profundo que las siglas: el PRI no fue solo un partido, sino una cultura política. Normalizó prácticas como el nepotismo, el amiguismo, el influyentismo y el uso patrimonial del poder. De ahí frases que aún sobreviven en la memoria colectiva, como «el que no transa no avanza» o «¿qué hora es? La que usted diga, señor presidente».
El priísmo fue una forma de entender el servicio público y los liderazgos: una estructura que, con frecuencia, funcionó como oficina de colocación para burócratas que podían ocupar puestos decisivos sin que su preparación fuera el principal criterio. También mostró cómo un partido oficial podía conservar el poder mediante elecciones controladas y reglas diseñadas para favorecerlo.
Para sus críticos, aquel régimen se parecía más a una dictadura con urnas que a una democracia plena. Mario Vargas Llosa popularizó la expresión «dictadura perfecta» para describirlo. La fórmula convocaba a votar, pero el resultado parecía decidido de antemano.
La oposición tampoco quedó al margen de esa herencia. Varios de los principales líderes opositores de finales del siglo XX surgieron de las filas del tricolor, entre ellos Cuauhtémoc Cárdenas y Andrés Manuel López Obrador. Incluso el PAN contó entre sus fundadores con Manuel Gómez Morin, quien había colaborado en el gobierno de Plutarco Elías Calles, fundador del PNR, antecedente del PRI.
El partido también consolidó redes de clientelismo político. Durante décadas, sectores empobrecidos recibieron despensas, apoyos, créditos, becas y subsidios que, en vez de traducirse necesariamente en movilidad social, podían convertirse en mecanismos de dependencia electoral. La ayuda pública dejaba de ser un derecho y se volvía una moneda política.
También merece atención la manera de «ganar» elecciones. Cuando la represión abierta y el amedrentamiento encontraron mayores límites en una ciudadanía más vigilante, se recurrió a métodos cada vez más sofisticados: la operación tamal, el ratón loco, el carrusel, la compra de representantes y funcionarios de casilla, el robo de urnas, las caídas del sistema y los colegios electorales que se autocalificaban para cerrar el paso a la oposición.
El PRI fue, además, una escuela de cuadros políticos. Todos los partidos mexicanos han incorporado a antiguos priístas, junto con las habilidades y vicios que adquirieron en esa estructura. La composición del gabinete de Andrés Manuel López Obrador en 2018 ilustraba esa continuidad: varios de sus integrantes habían pasado por el tricolor; algo similar ocurre con el actual gobierno de Claudia Shainbaum.
La paradoja de 2018 fue que el voto de castigo contra el viejo partido llevó a la Presidencia a un político formado durante años en sus filas. La crítica no consiste en afirmar que toda decisión del gobierno de López Obrador reprodujera al PRI, sino en observar rasgos preocupantes: la concentración de decisiones, la descalificación de contrapesos y el uso político de la lealtad. El priísmo no desaparece cuando pierde una elección; sobrevive cuando la ciudadanía tolera que el poder se ejerza sin límites.





















