Menos devoción, más hechos

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En un cortometraje realizado por el cineasta iraní Mohammad Reza, un adulto mayor, con gis en mano, es captado en distintas tomas trazando el dibujo de una madre y su manto sobre el pavimento. Una vez concluido, la persona se despoja de los zapatos para acurrucarse acostado sobre el amplio trazo en búsqueda de la sensación de consuelo o cobijo que las mamás procuran a sus hijos en tiempos difíciles. Esta pieza por demás emotiva circuló ayer en redes sociales junto con miles de otras expresiones y felicitaciones dedicadas al Día de la Madre, en un ánimo colectivo de reconocer la labor fundamental que este conjunto de valientes mujeres realiza día con día en sacar adelante sus hogares y comunidades.

Quizá lo más desconcertante de la festividad es que las brechas entre la incondicionalidad provista por las mujeres a los suyos y las certidumbres que reciben del entorno social son cada vez más amplias o, mejor dicho, agraviantes en gran parte del mundo. Por algo, la Organización de las Naciones Unidas incluyó entre los diecisiete Objetivos de Desarrollo Sostenible de su Agenda 2030, el empoderamiento de la mujer como una de las metas prioritarias para la prosperidad de la humanidad. Tan importante es la igualdad de género como el erradicar el hambre, garantizar el acceso al agua o poner punto final a la pobreza, si lo que deseamos es la consolidación de un entorno menos desigual e injusto.

Con este referente ofrecido por Naciones Unidas y en el contexto de un México que observa un incremento en la movilización de mujeres en reclamo por su bienestar, nuestro país está llamado a una reflexión profunda en cómo hacer compatible la legítima admiración que le guardamos a nuestras madres, con una realidad que retribuya a las mujeres en la misma proporción con la que forman a sus hijos, dan ejemplo a la construcción de comunidades solidarias y aportan su talento al crecimiento económico.

Y es que, para llegar a ese estado de congruencia, tenemos un listado de pendientes urgentes por resolver. Más aun si consideramos que la pandemia de covid-19 terminó por disolver los avances conseguidos en la última década en el terreno de una vida de mayor igualdad en comparación con los hombres, así como de su integridad personal. En esto último, hay mucho por reflexionar. De acuerdo con los datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, cada vez son más altos los indicadores de homicidio doloso, violación y violencia contra las mujeres.

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En lo referente a la pérdida de la vida como producto de un delito, México rompió récord en feminicidios por segundo año consecutivo en 2020, con un total de 966 casos. Tan sólo en marzo de 2021 se registraron 267 homicidios dolosos en mujeres, que lo convierte en el mes más violento desde que el Centro Nacional de Información lleva la cuenta de este delito. Por si no fuera suficiente, se denunciaron más de dos mil casos de violación en el mismo mes, el volumen más alto de los últimos seis años. Una violencia que, por distintos detonantes sociales, se presenta en los más diversos puntos del territorio nacional.

A este riesgo permanente a su integridad se agrega la más básica incertidumbre en su subsistencia: en casi once millones y medio de hogares, la mujer es reconocida como jefa de familia o quien lleva la dirección del hogar —de acuerdo con el Inegi—. Sin embargo, son ellas también las que en mayor proporción se desempeñan en la economía informal, por lo cual no tienen garantías plenas de seguridad social; son ellas quienes principalmente se ven obligadas a reducir sus jornadas laborales para atender a sus hijos o familiares enfermos, además de sufrir la brecha salarial que por décadas las ha perpetuado por abajo de sus colegas hombres.

Condiciones de un sistema que les orilla con mayor probabilidad a vivir en precariedad o pobreza si recordamos, regresando al Inegi, que tan sólo 6% de las mexicanas gana más de 13 mil pesos al mes; en tanto a siete de cada 10 mujeres ocupadas, su salario no es suficiente ni siquiera para adquirir dos canastas básicas.

¿Dónde está entonces el entramado institucional, el detonante del cambio cultural y social e incluso las sanciones efectivas de orden administrativo o penal que nos garanticen el cambio de la realidad de las mujeres en México? Esta tarea es responsabilidad de todos.


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