Más fuerte el miedo que la repulsa

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El 90 por ciento de los delitos en México no se denuncian, porque quienes los sufren NO LE TIENEN CONFIANZA A LA AUTORIDAD, le tienen miedo, mucho miedo

Nuestro país está viviendo tiempos difíciles, y cuando esto sucede, es pertinente reflexionar al respecto. No es asunto menor lo que hoy ocurre. Hay una crisis que ha puesto en jaque la autoridad del estado, que exhibe lo que ocurre cuando quien tiene el deber de garantizar el cumplimiento de la ley, no lo hace, y además se colude con quienes la están violentando. Estamos ante la evidencia inobjetable, de lo que la corrupción consentida y arropada en la impunidad, pueden hacerle al grueso de una sociedad acostumbrada a ver sus estragos, SIN CHISTAR.

Un elemento sustantivo de la democracia es la opinión pública, su contribución a la institucionalización de la misma ES IMPRESCINDIBLE. Como expresara el jurista británico Albert Venn Dicey,  la democracia como ningún otro sistema, es “un gobierno de opinión”, de modo que los gobernantes tienen el deber de construir el andamiaje para que los gobernados puedan ser oídos. La opinión pública podemos entenderla como la orientación o posición política en una determinada sociedad. Es pertinente, destacar, que el Estado tiene órganos constitucionalmente establecidos, investidos de facultades y competencias para actuar, y que no están obligados a convertirse en ejecutores de la opinión pública, sin embargo no atender lo que ésta les “mandata” en la realidad que se respira en las calles, lo debilita y lo expone a situaciones como las que ahora están ocurriendo en Guerrero, en Michoacán, en Tamaulipas, aquí en Coahuila hay 300 almas en Allende de las que ninguna autoridad ha dado cuenta. El maestro alemán Reinhold Zippelius expresa con claridad meridiana que: “En la democracia representativa, la orientación conforme a la opinión pública, no puede significar que exista una relación de ejecución frente a todo movimiento que esta opinión registre, sino que más bien quiere decir que la acción del Estado debe mantenerse dentro del cauce de aquellas ideas éticas y políticas que son idóneas, en la respectiva situación histórica, para captar el consenso de la mayoría”.

En palabras llanas, en México la opinión de la población, al Estado, lo tiene sin cuidado, la exclusión de ésta en su toma de decisiones, en la concepción de sus políticas públicas, en su quehacer de garante de la seguridad de sus gobernados, que es el mínimo de cuanto está obligado a otorgar, no aparece en el listado de sus prioridades. El estallido social ya se está dando, hoy es Guerrero en su punto más álgido, pero Michoacán, Chiapas y Oaxaca transitan por la misma e infausta ruta. La pobreza en la que vive el grueso de los habitantes de aquellas latitudes ha sido el caldo de cultivo ad hoc para que la delincuencia organizada se enraíce y se multiplique, y el contubernio con políticos sin escrúpulos, con voracidad sin fondo, y con poder – porque se necesita poder para “cobijarlos” en la impunidad – han generado este infierno.

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Cuando esto escribo, el Procurador General de la República, da cuenta del horrendo hallazgo. Los muchachos de Ayotzinapa están muertos. ¿Dimensiona usted el tamaño de la tragedia? Porque es una tragedia. Hagamos nuestro el dolor de la muerte espantosa a que los sometieron, hagamos nuestro el dolor de sus padres y hermanos, porque debe ser tan nuestro como de ellos. Lloremos porque esos crímenes son victoria para los perpetradores y derrota para todos los que estamos vivos. No sé, lo digo así, NO SÉ si se hará justicia, no sé si va a castigar a los culpables – el exalcalde solo es un peón en el tablero –, pero a TODOS. No sé si el asesinato de 43 personas va a quedar impune, igual que el de los copreros hace 30 años, o el de los campesinos de Aguas Blancas.

Solo sé que en cualquier momento, cualquiera de nosotros o de nuestros seres queridos, podemos ser la próxima víctima. El 90 por ciento de los delitos en México no se denuncian, porque quienes los sufren NO LE TIENEN CONFIANZA A LA AUTORIDAD, le tienen miedo, mucho miedo.


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