LXII Legislatura: deber o vanagloria

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Se lograron cambios legales para elevar la calidad educativa; reformamos la ley laboral; abrimos la competencia en el sector telecomunicaciones…

Este jueves, prácticamente, concluyeron los trabajos de la LXII Legislatura federal, que durante los últimos 30 meses produjo el mayor número de reformas estructurales en la historia de México. Si bien, lo anterior no debe ser motivo de vanagloria porque fue simplemente cumplir con un deber, lo cierto es que por 15 años la crítica recurrente al Congreso fue su parálisis y la falta de resultados entregados a los cuidadanos.

En un acto de clara deshonestidad, el PRI, en sus spots, se arroga el mérito de las reformas, olvidando que fueron ellos quienes las detuvieron por 12 años y que, ahora, no hubieran sido posibles sin los votos de Acción Nacional. Sobre lo que no pueden mentir es sobre los magros resultados de las reformas cuya implementación les corresponde.

En esta legislatura se lograron cambios legales para elevar la calidad educativa y evitar que líderes sindicales, que no están comprometidos con la educación, secuestren el futuro de nuestros niños. El problema es que el gobierno no ha sido capaz de evitar el freno de la  aplicación de la reforma por los sindicatos magisteriales.

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Reformamos la ley laboral para facilitar la creación de empleos, lo cual no ha sucedido, al menos como se esperaba. Abrimos la competencia en el sector telecomunicaciones para acotar monopolios y, para que los mexicanos puedan tener más opciones de televisión, radio y telefonía con mayor calidad y menor precio. Proyectamos a México como potencia energética, atrayendo la inversión que nos permita garantizar el suministro de energéticos y aumentar nuestra capacidad exportadora.

Creamos una de las regulaciones en materia de transparencia más avanzadas del mundo y  transformamos las instituciones responsables del combate a la corrupción. Limitamos el poder de los gobernadores para evitar el endeudamiento irresponsable de los estados y generamos normas para que las contiendas electorales sean más equitativas y mejor fiscalizadas.

Todo esto ha sido posible por una voluntad de diálogo constructivo. Por una visión de futuro que no se quedó anclada en los agravios del pasado. Por un firme deseo de lograr que México sea un país plenamente desarrollado donde todas las personas puedan vivir con dignidad y justicia.

Sin embargo, los senadores y diputados no podemos darnos por complacidos, quedan muchas tareas por hacer. En primer lugar, es necesario reivindicar la ética en la tarea legislativa. Los logros que hemos enunciado estuvieron ensombrecidos por escándalos como los moches, las fiestas a cargo del erario y una serie de gastos injustificables, todas actitudes que violentan la ley y transgreden el sentido de servicio al que está llamado un legislador. La clase política debe entender que si quiere recuperar la confianza debe apostar por una auténtica cultura de rendición de cuentas.

También queda el desafío de no perder la dinámica reformista emprendida en el Congreso. Es necesario culminar varias reformas a través de leyes secundarias efectivas y, sobre todo, en esta segunda parte del sexenio, intensificar la tarea, indispensable en cualquier democracia, de fiscalización y control del Congreso sobre el gobierno. Bienvenida LXIII Legislatura.


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